viernes, 12 de octubre de 2012


Ondulante
prestame atención
a la hora de vivir
se vive.

A la hora de llorar
se llorará

Prisionero
de tu incomprensión

A la hora de vivir se vive,
a la hora de soñar
  se  soñará
(pero dando al mismo tiempo un primer paso).

Rebelate
contra esa destrucción:
Elefantes pesan
ellos no deberían ser los que nos monten.
Elefantes pesan
nosotros deberíamos montarlos.
///

Sueño despierta
se abre la puerta.
Son tus ojitos
“Hola tú, hola yo”.

Sueño dormida
se cierra la puerta.
Será que estrellas
ciegan de cerca.

Nunca dejes de mirarlas.
Nunca dejes de sentir la tierra,
Nunca te enfoques demasiado,
porque se cierra la puerta
(Y no podes verlo a Martín
construyendo una estrella. )

miércoles, 22 de agosto de 2012

poemas para el bondi (o lo que sea que sean)


Dedicados a Joaco Vezzoni, Elian Diep y Carolina de 3ro
I.
Simba:

Existen los bondis, pero también existen los re- bondis! Son los mejores;  o dicho de otra forma: están re- piola.
 Te enteraste de esto porque te lo contó un amigo. De seguro es un ser muy especial.
No sé cuáles serán re-bondis para vos; para mí lo son el 152 y 68. ¡Chicos cuadrúpedos, los quiero!

II.

¿Quién no ha intentado adivinar  los ojos de los vehículos de pequeño? Como si uno pudiese adivinarles el alma a esos autos, esas camionetas.
Algunos que parecen enojados, otros que parecen sonreír. Si se lo piensa demasiado quizás, ¡hasta cobren vida!
Yo me pregunto: ¿Cuál es la mirada de los colectivos? ¿Y la esencia de su alma?
¡Ay!,  los colectivos, esas jirafas en el mundo animal de la gasolina.

III.

En el bondi, camino a la boca. Recorro Capital y noto lo que ya sabía: todas esas calles están conectadas,
todos esos lugares ya  no están tan lejos,
todos estos sitios están cerca;
se quieren, se ensamblan
y ya los encontré.

¡Capital! , ¡Te recorro entera!, y ahora ya no solo lo noto, sino que lo siento: todos esos lugares son piezas, piezas de rompecabezas; y aquellos  sitios…
los de mis vivencias,
 no son islas, como en mi mente,
no son aislados ni independientes:
son una red  subyacente,
son un todo delincuente.

En el bondi, yo lo noto así.
También
 cuándo salgo a caminar.

IV.


Caro: la otra. No tú, ni la imagen mental que tienes tú de ti Caro, o la que piensan  los otros.
Caro: vos descubriste la posta de los colectivos. Años y años viendo y viendo, pero sin mirarlos, sin buscarlos tampoco.
Me maravillaste Caro, con tu descubrimiento. Dijiste lo siguiente: “¿Viste que los colectivos son planos, Caro?”
Fantasticular (palabra de mi prima), fantasticular tu descubrimiento, Caro.  

PD: sos grosa.

V.

Un colectivo es genial cuándo entra la cantidad precisa de gente. Es ahí cuándo puedes mirarlos: esos pasajeros;  extraños, temerosos, increíblemente humanos.  Mirarlos con ojos grandes; por el instante justo, porque si te sobrepasas ya se asustan y paranoiquean.
Si los mirás, podrás ver pedacitos de sus almas, en sus ojos, explosión de sentimiento.
Si los mirás, podrás ver su temple en su parar (si están parados), o en su sentar (si caminan).

Si no te vence la iner-vergüenza o el egoísmo, vivirás el orgullo de entregarle el asiento a una anciana], que te regalará una sonrisa ancestral, que al mismo tiempo será muy niña.


VI.
Colectivo doble, sos una articulación. Te movés como gusano por las calles del centro. Cuando entro en tu intestino, me robás una sonrisa: son los encantos del desequilibrio.
Cuando me subo en ti, colectivo doble: apoyo los pies bien fuertes para no caer. Cuando subo en ti, gusanote urbano, siento la gracia del movimiento.
 Cuando me subo en ti, pedazo de brazo con codo, siento mi cuerpo y su peso.
Cuándo te piso firme… inestabilidad, gran aventura!
Quizás, en días mágicos, hasta crea que tu  piso es ola.

VII.

Si sos afortunado, tendrás la oportunidad de sentarte en un asiento con ventana. La brisa te contará el cuento de siempre y te encantará.
Soplo tras soplo y tu cuello se excitará,
 soplo tras soplo, y el alivio te apoderará.
¡Qué placer!, las caricias de la brisa.
¡Qué placer!, y ya te saca una sonrisa.


VIII.
A ustedes,
señoras mayores,
de chales y colores,
que sonríen con ganas.

Que dicen “Ay no querida, no hace falta”.
Que miran a los ojos
y a pesar de las edades,
viajan en colectivo…

Para ustedes…
                                                        es  mi poema.


IX.

Cantar en el colectivo,
con una amiga.
Aquel hombre
de ropas holgadas.
Mirarlo como si lo conociera.
Y Él como diciendo “1,25”,
me dice
“Hola”.

Yo,
Presa de curiosidad respondo.
No importa si lo que busca es chamuyo,
lo que me enuncia lo escucho
y lo guardo pa’ algún  poema.

X.

Hombres de colectivo los hay muchos. Recuerdo uno en especial. Vestía con medias azules, color fantasía de peposo, ropa deportiva, pero cara de hippie. Pelos descontrolados, y ojos verde-azulados.
Recuerdo perderme en ensueños y mirarlo. Mirarlo y mirarlo. Pero él también  miraba, igual de fijo, a mis ojos; y sus ojos eran como canto de sirena.
Salir del trance y descubrir que habían pasado 10, 20 minutos,
y nuestras miradas se estaban tocando.

Desconocido, no me hablaste ni te hablé. Pero si yo no te vi el alma,
de seguro, la toqué.

XI.

Mirar por la ventana. Soñar enamoramientos. Rememorar. Sentir arcoíris. Caer en re-pensamientos. Cuándo de golpe se acerca un señor, cara de violador y me dice “¡Hola!”.

Silencio.

“Hola”.

Silencio.

“¡Hola!”.

Silencio.

“Hola señora…¡El boleto, por favor! Conteste!

¡Uy! Los pide boletos,
esos sí que aparecen
 cada muerte de duende.

XII.

Esperar un colectivo, puede tomarse de dos formas:

1.       Como la espera desesperante y desesperada, donde los segundos pesan elefantes.

2.       Como el momento para quedarse tranquilo, mirando la calle, perdido en pensamientos o en musicalidades.

Casi siempre, se espera de la forma primera…
Pero si no es así, se encontrará la magia del des-tiempo.

Suspensión de tiempo, vivir tu mundo.

Delicadezas del 130 (y del 168).

XIII.

Una sola vez me sucedió. Miré al colectivo y él me miró.

XIV.

Señor colectivero,
¡se le ha estirado la cara!

Parece, se la han planchado,
las brujas de la rutina.

Sonría un segundo:
vida no es tan mala.

De usted depende si mira,
flores en su parabrisas.

Piense sin utilidad,
eso realmente  sana.
 Ría sin sentido,
y olvide cordura solemne.


XV.

Quietos.
Islas.
Mente
Aislada.
Nada
De nada…

Cuando de repente…

¡Pum!, ¡colectivo frena de golpe!
Todos por minutos, somos amigos:

¿Se encuentra bien?
¡Mira la señora se calló!
Por suerte no le paso nada…
Me asusté  che…

¡Pum! De golpe…
Somos humanos.

Y todo continúa…


Las cosas perdidas


A Luciano Arruga, donde sea que este si es que está

Era un hermoso domingo. La primavera comenzaba a iluminar mi pálido rostro fúnebre, y me encontraba de buen humor  porque vería al maravilloso Alexis.  Pero había algo que me había pasado hace unos días y no podía sacármelo de la mente. Un hecho extraño, la verdad. ¡Muy extraño!
Ansiaba encontrarme con Alexis para poder contarle lo que me había pasado. Sabía que me comprendería, y me respondería con un dulce abrazo. Eso me hacía falta: un abrazo. No existían palabras que pudiesen consolar mi pena, ni responder a mi historia.
Nos encontramos a las 3 en punto en Parque Saavedra, lindo lugar, por cierto. Él me saludó con un beso  y hablamos un rato de nimiedades. Nos sentamos en un montículo de pasto y fue allí cuándo decidí que era el momento de contarle mi historia: “Tengo que contarte algo” le dije con un atisbo de preocupación, “Decime” me respondió y comencé a contarle lo que me  había pasado.
“Sucede que el otro día, me dieron ganas de salir a caminar por la calle. Fui hacía la calle Moldes, qué es más tranquila que Cabildo, y caminé por allí cantando como pajarito.  En un momento Moldes se cruza con una plaza que está llena de grafitis y me detuve ahí para observarlos. Me sorprendió ver una pequeña puerta de madera rancia, en el medio de la pared de grafitis. Me acerqué a verla y noté algo muy curioso: la puerta tenía un cartel que decía “Sólo para locos, en el buen sentido”. Ese comentario me sacó una sonrisa, porque yo soy una persona loca, pero en el buen sentido, y no pude sentirme más invitada a entrar a donde sea que me llevase esa puerta. La abrí con dificultad porque la puerta era algo pesada y entré, gustosa de estar viviendo tremenda aventura.
Mi sorpresa al ver lo que había por detrás de esa puerta fue indescriptible. Había un enorme galpón, de proporciones que parecían infinitas. En él se encontraban libros, infinidad de buzos, camperas, montañas de lapiceras, cuadernos a medio escribir, tareas para algún que otro colegio y aros para las orejas en cantidades infinitas. También había maquillajes, pantalones, dinero a montones y un millar de celulares, entre otras cosas.
Observe detenidamente todos estos objetos, y pude notar que algunas  de las cosas que se encontraban allí, eran objetos que yo había extraviado con anterioridad,  cómo una muñeca de las chicas súper- poderosa, Bellota, tapas de lapicera Parker, y un buzo Gap que le había perdido a mi hermano. Pareciera que en ese extraño lugar, se hallaban  todas las cosas perdidas que habían olvidado los dueños de todo el mundo.  
Pero no sólo eso, en el lugar también parecían encontrarse pensamientos olvidados, que retumbaban en  el galpón. “Lo deseo más que a vivir”, decía el raciocinio  de alguna obsesionada, “Nacho es un gol tirado desde mitad de cancha” decía un pensamiento mío que había olvidado hace rato.  No podía creer lo que estaba observando, me encontraba yo junto al lugar de las cosas perdidas, que por alguna misteriosa razón habían terminado allí. Pero no sólo eso, me encontraba yo  también, ante el lugar de los pensares perdidos, olvidados hace un rato y abandonados.  Mis ojos y mis oídos no sabían qué hacer con tanto estímulo.  Pero nada pudo impresionarme más que lo que vi después.

Estaba adentrándome en el galpón  mientras  observaba  las cosas que habían allí, cuándo me pareció escuchar un sonido de movimiento. Esto me asustó un poco porque creía estar sola, cuándo percibí que los movimientos provenían de un joven que también se hallaba allí. Tenía tez morena y era bien flaquito. Se acercó a mí y me saludó: “Hola, señorita” me dijo con cordialidad, pero al mismo tiempo como si no le importase realmente mi respuesta, “Ho-ola” dije yo, extrañada de su presencia. El muchacho me resultaba familiar y  al cabo de un rato lo reconocí. “¡Vos sos Luciano Arruga!, ¿qué haces acá?” dije abruptamente, como escupiendo las palabras. “Yo soy un joven olvidado, por eso estoy acá. Esto es lo que la vida me deparó”. Yo lo miré triste y le dije “Vení, salgamos de acá, allá afuera te recuerdan algunos”. “No es suficiente, la mayoría ya perdonó a la policía. No me recuerdan, no les interesa, yo me quedo.” No pude hacer más que abrazarlo, con la vergüenza que me acompaña a veces  cuándo siento fuerte.  Largo rato estuvimos así,  hasta que noté que ya era hora de retornar a mi hogar. “Lo siento, pero me  tengo que ir” le dije y abrí nuevamente esa pesada puerta de madera. Ya era de noche y tuve que apurarme para llegar a casa a tiempo para cenar. Desde ese momento que siento este dolor, volviendo más pesado el aire.”

Alexis me miró, extrañado y conmovido por mi historia. Con gran ternura me abrazó. Mi alma atravesó mi cuerpo, y estuve allí largo rato, siendo sólo psiquis. Y yo supe, no me pregunten por qué, qué en algún rincón de Buenos Aires, la madre de Luciano lloraba. 

jueves, 16 de agosto de 2012

Café neuronal

La señora Razón y la señora Celos, se sientan a tomar un café entre la neurona nueve y la neurona diez. La señora Celos dice _¡No puedo soportarlo! Esa deliciosa mujer, de piernas increíbles, es amiga de mi chico_
La señora Razón le contesta _ Lo siento querida, pero tuyo no es, creo que ya lo teníamos aclarado.Todos somos libres, por tan sólo ser humanos_
_ ¿ Y si me deja?_ replica la señora Celos, _ ¿Cómo puedo soportarlo?_
_ A mi me tendrás entonces_ dice el señor Recuerdo, entrando al bar de repente.

viernes, 3 de agosto de 2012

¿Qué es la felicidad?


¿Qué es la felicidad?
“Lo que los aparatos ideológicos del estado nos dicen”
Pobre Juancito, se pegó a ese ensayo con popsipol.

Viene y me dice:
“¿Para vos?”
Un cafecito con leche acostada en la cama.

“¡Vanidosa! “
Contesta como quién dice.

Yo me achico de hombros
y  digo:
Lo siento Juancito,  soy así.

¿Cómo soportamos lo que no existe?


¿Cómo soportamos lo que no existe?
Hemos aprendido a escribir.

Lapicera:
¡Varita mágica!
Suda en su ejercicio
deliciosos mundos.

Crea monstruos verdes,
en algún escupitajo.

Crea hada madrina
en sangrado de tintura.

Pero entonces…
¿Cómo soportamos lo que sí existe?
Hemos aprendido a escribir.

lunes, 30 de julio de 2012

Ok, empecemos de nuevo





Sola en mi conciencia,
caen angelitos de tu pelo.
Ríen esos estados de siempre.
ríen esas ganas de no ser.

Saltan espirales de tu pelo.
Yo que te vi correr


¡Super lógico!
Es tu modo de salirte del cuerpo,
me estás tocando
y ya no deseo más.

Caen angelitos de mi pelo.
Yo que te vi desear.

¡Ecléctico!
No pudiste ser más,
ni ser menos,
Esa noche
que me abrazaste y...

me salí del cuerpo
y eclosionó. 


Salta niña, salta niño

Salta una niña
y dice

"Es que acaso no ves ese telar del cielo,
de hilados suaves, que nos recubren el mundo?"

Niño mira
y sonríe

"Yo sólo veo escupitajo celeste,
¿no sería más hermoso de otro color el cielo?"

Niña teje pensamiento
y concluye

"Adoro al cielo por su color, por su contraste,
él es tan claro, y todo acá es tan oscuro"

"¡Mentira!"

replica el niño, "Mira la flor que te busqué"

Niños tiernos ríen y se confunden con el cielo.


El recolector de palabras





Sí que era viejo, el recolector de palabras. Tenía  102 años y cuatro primaveras.
Años y décadas de su  vida, había estado  buscando algo que le diese sentido a su existir. Búsqueda tras búsqueda había realizado, cuándo finalmente pudo llegar a la hermosa conclusión, de que lo que le daba sentido a la vida eran las palabras.
 “Claro”, se había dicho esa noche de Septiembre en el año 96 de su vida, “lo que da el sentido, ¡son las palabras!”.
Fue allí  cuándo nació su oficio. Él se dedico desde ese momento, casi exclusivamente, a recolectar palabras. Agarró un enorme cuaderno, donde escribió todas las palabras que había aprendido en sus 96 años de vida. Desde palabras sencillas como “rosa”, “miel”, hasta palabras  más complejas como “dicotomía” o “ecléctico”.
La gente comenzó a visitarlo  cuándo precisaba de alguna palabra que no conocía: él no cobraba honorarios, tan sólo pedía a cambio, que le regalasen otra palabra que él no conociese. Así, su colección de palabras se fue haciendo cada vez más y más grande. El recolector de palabras paso a ser un hombre muy respetado para el pueblo donde vivía, y hasta algunos extranjeros comenzaron a llamar al pueblo: “El pueblo del recolector de palabras”.

Ramón, un picapedrero de alma sensible, se había enterado de la existencia del recolector de palabras por su hermana. “Dicen, que él te puede dar  las palabras más lindas de todas, hermano” había dicho, entre suspiros, su hermana  Lola. “De veras,  ¿así como así?” había respondido Ramón, “no, así como así, no. Pero a cambio, solo se le debe regalar una palabra que él no conozca”.
A Ramón la idea de pedir una palabra le agradaba; hacía años que no encontraba la manera de  hablarle a su vecina Juana, que atendía la verdulería  de la esquina. Ella tenía  ojitos de almendras, tan lindos, que enamoraban.  
Ramón había decidido que para enamorar a Juana, debía decirle una palabra hermosa; y así ella quedaría encantada y podrían salir juntos. Y para esto, debía hablar con el recolector de palabras. Pero primero, Ramón fue a visitar a su vecino Manuel, que era científico y sabía de palabras extrañas. Él de seguro, sabía qué palabra  podía entregarle al anciano recolector.
“Cuándo te pida una palabra, vos decile  metabolito, es una palabra rara y que suena muy bien. Si ya la conoce (aunque lo dudo), decile eucariota;  esta palabra no puede fallar” le dijo su amigo, después de escuchar la historia sobre el recolector de palabras. “Muchas gracias” dijo Ramón.
Al día siguiente, fue en búsqueda del anciano recolector. Su pueblo se encontraba a tres horas a caballo de distancia del pueblo del recolector de palabras. Con mucho esfuerzo, y mucho calor, Ramón y su caballo Marroncito,  pudieron llegar.
“¿Sabe muchacha, dónde se encuentra el recolector de palabras?” preguntó Ramón a una hermosa joven de trenzas morenas, “Todos aquí sabemos, se encuentra a cuatro casas para la derecha y dos casas para dentro. Lo verá sentado en el balcón de su casa, con un cuaderno, viejo pero re- viejo, ¿sabe?” respondió la muchacha.  Ramón le agradeció y fue en búsqueda del anciano.
Finalmente, llegó a destino. Allí estaba: viejo pero re-viejo, con un cuaderno, pensativo, sabio.
“¡Buen día!” dijo Ramón con entusiasmo, “Buen día, joven” respondió el anciano. El anciano recolector, le ofreció sentarse en una silla junto a él y le preguntó si había ido hasta allí, en busca de una palabra. “Eso es cierto, pero no preciso de cualquier palabra, necesito de una palabra que sea realmente hermosa” replicó Ramón. El anciano pensó y pensó un buen rato, hasta que finalmente dijo “Si palabra hermosa es lo que estás buscando ya sé que ofrecerte, mozalbeta, mozalbeta es una gran palabra. La inventaron hace unos años.”  Contento y confiado en los conocimientos del recolector de palabras, Ramón retornó a su casa con una sonrisa. Esa noche, Marroncito comería tres terrones de azúcar extra.

Al otro día, muy entusiasmado, fue hacía la verdulería donde atendía  su amada. “Buen día Ramón, ¿qué verdura desea?” le dijo Juana con la cordialidad casual con la que atendía a sus clientes.
 “Yo no deseo verdura alguna,  lo que deseo es decirte algo: ¡Juana, sos mozalbeta!” respondió el picapedrero.
 Juana, sin entender nada,  le dijo; “¿Mozalbeta?, ¿qué significa eso?, suena feo, ¡no me gusta!”
Ramón, también quedó desconcertado; estaba seguro de que su palabra iba a funcionar. Volvió a su casa, triste y en silencio.  “Ya se la verá con migo, este recolector de palabras” pensó, y se fue a dormir.
 Por la noche, tuvo sueños tristes, llenos de  lagrimitas de dolor.

Al día siguiente decidió buscar de nuevo al recolector de palabras. Se subió a Marroncito y emprendió viaje. Cuando llegó a destino, no pudo más que mirar al anciano recolector  y decirle: “Recolector de palabras, sos un mentiroso. Me ofreciste una palabra hermosa, pero según mi amada Juanita esa palabra es fea. ¡De nada me sirvió tu palabra, maldita sea!”.
El recolector de palabras, lo miró con seriedad contemplativa. Así se quedó un buen rato, pensativo,  hasta que finalmente le respondió. “Es interesante lo que me decís. Este tipo de situaciones sacan a luz, una realidad que siempre olvidamos, la de la  relatividad. Vos me pediste una palabra hermosa, y yo sin duda te la di; pero las palabras pueden ser hermosas y horrendas a la vez. Para mí, esa palabra  era hermosa en el momento en el que te la dije, quizás mañana ya no la vea más así.
Pero aunque sólo exista una persona en el mundo que la vea hermosa, ya lo es, y aunque sólo exista una persona en el mundo que la vea horrenda, también es de ese modo.
Un día como estos hace un par de años, un hombre de sombrero tejano y nariz prominente, me dijo que no tenía ninguna palabra alguna para darme, pero sí tenía un poema. El poema decía lo siguiente:
Yo me voy desojando,
cuando pasan los años,
yo me voy desojando,
yo me voy deshojando
mientras veo
lo que creo
y no lo que es.

Este escrito, lo he leído todos los días desde que tengo 100 años. Seis años pasaron; y ningún día lo siento igual.
A veces, lo siento hermoso, relajante; pero otras veces me resulta tonto y sin sentido. Lo mismo pasa con las palabras sueltas. También  con los dibujos, que son palabras escritas con otro tipo de letras.”

El silencio invadió a Ramón. No esperaba una respuesta tan sincera por parte del recolector de palabras. Por un lado, la respuesta lo había dejado satisfecho. Pero por otro lado, la respuesta no había resuelto su necesidad de decirle a Juana algo hermoso para que quisiese salir con él. “Pero entonces” replicó Ramón, “¿Cómo hago yo, para decirle a Juana una palabra hermosa, que la haga entender lo mucho que me gusta”. “Vos sos el único que sabe, qué es lo que tenés que decirle. Vos debes decirle lo que sentís: si le resulta hermoso u horrendo, dependerá sólo de ella. Tu habrás hecho todo lo posible”.
Ramón agradeció al recolector de palabras y retornó a su pueblo. Dejó a Marroncito en su casa y fue directo hacía la verdulería. Decidido se dirigió hacía Juana y le dijo: “Juana, lo que te quise decir el otro día es que me gustas mucho, y no encontraba palabras lo suficientemente hermosas para decírtelo.”
Juana lo miró enternecida y le dijo: “Salgamos juntos Ramón, pero despacito”.

miércoles, 18 de julio de 2012

Pelando un poema


¿La gente tiene tiempo?
Preguntaste.
Lo tiene, pero lo malgasta
Respondí.

Y te pregunte...
¿vos tenes tiempo?
Y claro  que lo tenes.
Haciendo todo de a poco,
sin apuro.
Relax.
(Yo no lo tengo,
o lo tengo pero ni cuenta me doy).

¿Qué pensás de la puertas?

Preguntando así como así.

¿Qué pensas de los pisos?

Fue lo mejor que se me ocurrió.

Y  afuera, amigos, risa..

No entendían  del  asunto.
Qué es muy racional, por cierto...

si lo pensás bien.

De rueditas está hecho el tinte de mi pelaje


Yo soy mujer predestinada a ser silla,
pero lucho por oponerme y ponerme rueditas.

A veces trastabillo,
pero te juro que quiero rodar.

A veces,
doy muchas vueltas,
pero algún lado voy a llegar.
Digo,
además de a la muerte.

Hoy mi madre me hizo la merienda
y  le reclamé:

“Madre! , no me acomodes!, no quiero ser una maldita y estática silla! …
 prefiero ser con rueditas!”.

A lo que ella respondió:

“Es lindo que te hagan mimos”

“De vez en cuando, puede ser; pero más lindo es trabajar de a dos”.

Convencida mi madre, una hora más tarde, yo tirada en la cama y me dice:

“Caro: ¡hay que cocinar!”

Mi costado de madera reclama: “¡Maldita sea!, no quiero hacerlo!”, pero me gritan rueditas de abajo y concluyo, no me vencerá…
este estado horizontal;
entonces pelo batatas  (a mi manera salvaje).

Pero no hay que dejarse confiar,
si mis rueditas no gritan
yo me quedo horizontal,
en mi hogar.

Qué es un castillo,
Que es alto, alto,
bien alto
para que no se escuche
(encima tiene doble vidrio).


Cuándo canto por la calle,
yo soy pájaro nostálgico…
aunque admito no encontrar
misma belleza
en mi pelaje.

En la Lucila,
los pájaros sí están alegres,
Cantan por la mañana
Como pájaros sanos.

Y no es que no haya cemento,
es que no mirán los ruedúpodos ,
No miran los ruedúpodos
Y eso les hace bien.

Los animales con bocina pueden ser  intimidantes. 

Mentalúrgica

Dormida, perdida
y una luz que ilumina.
El ruido como espejismo
del existir.

A regañadientes,
subo la escalera,
corro la silla.
Grito.

Siento un temblor
 y espero.
Un calambre en el estomago,
se crucifican los minutos.

Reacio el sentimiento.
Pensándolo bien,
el sol sí ilumina un poco.
Redondo el tiempo,
en el mejor de los casos.

Busco lo sublime
en la pared despintada.
Y el espíritu de tu risa,
se sonríe en mi almohada.

Convenzo a la nube,
de que tome la forma que espero.
Son los encantos tras la ventana.

Casa que te quiero casa

Mi papá
si pela una banana
recita:

"Banana nao tem carozo,
mas tem filamento grosso,
que dificulta a masticazao"

De vez en cuando,
si está contento,
canta:

"¡Esta todo bien!
¡Esta todo bien!"

Son los encantos del paratexto,
y las hojitas de mi casa,

"verde que te quiero verde"
  casa que te quiero casa.

Todo esto que somos es humo





Todo esto que somos es humo.

Nadie comprende, de veras.

Te chupas un maté en el pasto
y pensás:

"He aquí yo, he aquí yo."

Nada más te sale
y es que ya sólo sentís:

pasto,

cielo,

nube.

Para que no se te olvide,
te repetís:

"¡He aquí yo!"

¿Pero como permanecer si tu existencia es humo?

Hechos reales

El otro día, mi mejor amigo me dice:

_Caro, vos sos como un perro_

Claro está. Era un piropo.

Sonoro



Entra el ruido en la oreja,
zumbido en la oreja, caos en la oreja
y me duele.
Las neuronas ya tienen dolor de cabeza
y gritan:

_¡Caro!,¡ Caro!
Ya no quiero, quiero
este zumbido, ido
¡Ve hacía el silencio!_

Me duele la cabeza
y la oreja retorcida se queja:

_¡Silencio!, ¡Silencio!, pido silencio
¿y quién escucha?_

Nadie escucha,
la oreja es muda
y la boca no quiere hablar:
Quiere silencio
y ya casi se moquea,
en la triste pena
de no ser más  que una sola boca.