miércoles, 22 de agosto de 2012

Las cosas perdidas


A Luciano Arruga, donde sea que este si es que está

Era un hermoso domingo. La primavera comenzaba a iluminar mi pálido rostro fúnebre, y me encontraba de buen humor  porque vería al maravilloso Alexis.  Pero había algo que me había pasado hace unos días y no podía sacármelo de la mente. Un hecho extraño, la verdad. ¡Muy extraño!
Ansiaba encontrarme con Alexis para poder contarle lo que me había pasado. Sabía que me comprendería, y me respondería con un dulce abrazo. Eso me hacía falta: un abrazo. No existían palabras que pudiesen consolar mi pena, ni responder a mi historia.
Nos encontramos a las 3 en punto en Parque Saavedra, lindo lugar, por cierto. Él me saludó con un beso  y hablamos un rato de nimiedades. Nos sentamos en un montículo de pasto y fue allí cuándo decidí que era el momento de contarle mi historia: “Tengo que contarte algo” le dije con un atisbo de preocupación, “Decime” me respondió y comencé a contarle lo que me  había pasado.
“Sucede que el otro día, me dieron ganas de salir a caminar por la calle. Fui hacía la calle Moldes, qué es más tranquila que Cabildo, y caminé por allí cantando como pajarito.  En un momento Moldes se cruza con una plaza que está llena de grafitis y me detuve ahí para observarlos. Me sorprendió ver una pequeña puerta de madera rancia, en el medio de la pared de grafitis. Me acerqué a verla y noté algo muy curioso: la puerta tenía un cartel que decía “Sólo para locos, en el buen sentido”. Ese comentario me sacó una sonrisa, porque yo soy una persona loca, pero en el buen sentido, y no pude sentirme más invitada a entrar a donde sea que me llevase esa puerta. La abrí con dificultad porque la puerta era algo pesada y entré, gustosa de estar viviendo tremenda aventura.
Mi sorpresa al ver lo que había por detrás de esa puerta fue indescriptible. Había un enorme galpón, de proporciones que parecían infinitas. En él se encontraban libros, infinidad de buzos, camperas, montañas de lapiceras, cuadernos a medio escribir, tareas para algún que otro colegio y aros para las orejas en cantidades infinitas. También había maquillajes, pantalones, dinero a montones y un millar de celulares, entre otras cosas.
Observe detenidamente todos estos objetos, y pude notar que algunas  de las cosas que se encontraban allí, eran objetos que yo había extraviado con anterioridad,  cómo una muñeca de las chicas súper- poderosa, Bellota, tapas de lapicera Parker, y un buzo Gap que le había perdido a mi hermano. Pareciera que en ese extraño lugar, se hallaban  todas las cosas perdidas que habían olvidado los dueños de todo el mundo.  
Pero no sólo eso, en el lugar también parecían encontrarse pensamientos olvidados, que retumbaban en  el galpón. “Lo deseo más que a vivir”, decía el raciocinio  de alguna obsesionada, “Nacho es un gol tirado desde mitad de cancha” decía un pensamiento mío que había olvidado hace rato.  No podía creer lo que estaba observando, me encontraba yo junto al lugar de las cosas perdidas, que por alguna misteriosa razón habían terminado allí. Pero no sólo eso, me encontraba yo  también, ante el lugar de los pensares perdidos, olvidados hace un rato y abandonados.  Mis ojos y mis oídos no sabían qué hacer con tanto estímulo.  Pero nada pudo impresionarme más que lo que vi después.

Estaba adentrándome en el galpón  mientras  observaba  las cosas que habían allí, cuándo me pareció escuchar un sonido de movimiento. Esto me asustó un poco porque creía estar sola, cuándo percibí que los movimientos provenían de un joven que también se hallaba allí. Tenía tez morena y era bien flaquito. Se acercó a mí y me saludó: “Hola, señorita” me dijo con cordialidad, pero al mismo tiempo como si no le importase realmente mi respuesta, “Ho-ola” dije yo, extrañada de su presencia. El muchacho me resultaba familiar y  al cabo de un rato lo reconocí. “¡Vos sos Luciano Arruga!, ¿qué haces acá?” dije abruptamente, como escupiendo las palabras. “Yo soy un joven olvidado, por eso estoy acá. Esto es lo que la vida me deparó”. Yo lo miré triste y le dije “Vení, salgamos de acá, allá afuera te recuerdan algunos”. “No es suficiente, la mayoría ya perdonó a la policía. No me recuerdan, no les interesa, yo me quedo.” No pude hacer más que abrazarlo, con la vergüenza que me acompaña a veces  cuándo siento fuerte.  Largo rato estuvimos así,  hasta que noté que ya era hora de retornar a mi hogar. “Lo siento, pero me  tengo que ir” le dije y abrí nuevamente esa pesada puerta de madera. Ya era de noche y tuve que apurarme para llegar a casa a tiempo para cenar. Desde ese momento que siento este dolor, volviendo más pesado el aire.”

Alexis me miró, extrañado y conmovido por mi historia. Con gran ternura me abrazó. Mi alma atravesó mi cuerpo, y estuve allí largo rato, siendo sólo psiquis. Y yo supe, no me pregunten por qué, qué en algún rincón de Buenos Aires, la madre de Luciano lloraba. 

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