A Luciano Arruga, donde
sea que este si es que está
Era un hermoso domingo. La primavera comenzaba a iluminar mi
pálido rostro fúnebre, y me encontraba de buen humor porque vería al maravilloso Alexis. Pero había algo que me había pasado hace unos
días y no podía sacármelo de la mente. Un hecho extraño, la verdad. ¡Muy
extraño!
Ansiaba encontrarme con Alexis para poder contarle lo que me
había pasado. Sabía que me comprendería, y me respondería con un dulce abrazo.
Eso me hacía falta: un abrazo. No existían palabras que pudiesen consolar mi
pena, ni responder a mi historia.
Nos encontramos a las 3 en punto en Parque Saavedra, lindo
lugar, por cierto. Él me saludó con un beso y hablamos un rato de nimiedades. Nos sentamos
en un montículo de pasto y fue allí cuándo decidí que era el momento de
contarle mi historia: “Tengo que contarte algo” le dije con un atisbo de
preocupación, “Decime” me respondió y comencé a contarle lo que me había pasado.
“Sucede que el otro día, me dieron ganas de salir a caminar
por la calle. Fui hacía la calle Moldes, qué es más tranquila que Cabildo, y
caminé por allí cantando como pajarito.
En un momento Moldes se cruza con una plaza que está llena de grafitis y
me detuve ahí para observarlos. Me sorprendió ver una pequeña puerta de madera
rancia, en el medio de la pared de grafitis. Me acerqué a verla y noté algo muy
curioso: la puerta tenía un cartel que decía “Sólo para locos, en el buen sentido”.
Ese comentario me sacó una sonrisa, porque yo soy una persona loca, pero en el
buen sentido, y no pude sentirme más invitada a entrar a donde sea que me
llevase esa puerta. La abrí con dificultad porque la puerta era algo pesada y
entré, gustosa de estar viviendo tremenda aventura.
Mi sorpresa al ver lo que había por detrás de esa puerta fue
indescriptible. Había un enorme galpón, de proporciones que parecían infinitas.
En él se encontraban libros, infinidad de buzos, camperas, montañas de
lapiceras, cuadernos a medio escribir, tareas para algún que otro colegio y aros
para las orejas en cantidades infinitas. También había maquillajes, pantalones,
dinero a montones y un millar de celulares, entre otras cosas.
Observe detenidamente todos estos objetos, y pude notar que
algunas de las cosas que se encontraban
allí, eran objetos que yo había extraviado con anterioridad, cómo una muñeca de las chicas súper- poderosa,
Bellota, tapas de lapicera Parker, y
un buzo Gap que le había perdido a mi hermano. Pareciera que en ese extraño
lugar, se hallaban todas las cosas perdidas
que habían olvidado los dueños de todo el mundo.
Pero no sólo eso, en el lugar también parecían encontrarse
pensamientos olvidados, que retumbaban en el galpón. “Lo deseo más que a vivir”, decía
el raciocinio de alguna obsesionada,
“Nacho es un gol tirado desde mitad de cancha” decía un pensamiento mío que
había olvidado hace rato. No podía creer
lo que estaba observando, me encontraba yo junto al lugar de las cosas perdidas,
que por alguna misteriosa razón habían terminado allí. Pero no sólo eso, me
encontraba yo también, ante el lugar de
los pensares perdidos, olvidados hace un rato y abandonados. Mis ojos y mis oídos no sabían qué hacer con
tanto estímulo. Pero nada pudo
impresionarme más que lo que vi después.
Estaba adentrándome en el galpón mientras observaba
las cosas que habían allí, cuándo me pareció escuchar un sonido de
movimiento. Esto me asustó un poco porque creía estar sola, cuándo percibí que
los movimientos provenían de un joven que también se hallaba allí. Tenía tez
morena y era bien flaquito. Se acercó a mí y me saludó: “Hola, señorita” me
dijo con cordialidad, pero al mismo tiempo como si no le importase realmente mi
respuesta, “Ho-ola” dije yo, extrañada de su presencia. El muchacho me
resultaba familiar y al cabo de un rato
lo reconocí. “¡Vos sos Luciano Arruga!, ¿qué haces acá?” dije abruptamente,
como escupiendo las palabras. “Yo soy un joven olvidado, por eso estoy acá.
Esto es lo que la vida me deparó”. Yo lo miré triste y le dije “Vení, salgamos
de acá, allá afuera te recuerdan algunos”. “No es suficiente, la mayoría ya
perdonó a la policía. No me recuerdan, no les interesa, yo me quedo.” No pude
hacer más que abrazarlo, con la vergüenza que me acompaña a veces cuándo siento fuerte. Largo rato estuvimos así, hasta que noté que ya era hora de retornar a
mi hogar. “Lo siento, pero me tengo que
ir” le dije y abrí nuevamente esa pesada puerta de madera. Ya era de noche y
tuve que apurarme para llegar a casa a tiempo para cenar. Desde ese momento que
siento este dolor, volviendo más pesado el aire.”
Alexis me miró, extrañado y conmovido por mi historia. Con
gran ternura me abrazó. Mi alma atravesó mi cuerpo, y estuve allí largo rato, siendo
sólo psiquis. Y yo supe, no me pregunten por qué, qué en algún rincón de Buenos
Aires, la madre de Luciano lloraba.
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