sábado, 17 de mayo de 2014

Llueve

Llueve. Mis ojos recorren la vida de cada gota, como se vuelven gordas, no resisten su peso y caen. Una y otra vez la misma escena. Y no deja de fascinarme.
 Pero hay muchas formas de gozar de la lluvia y no puedo limitarme  sólo a verla. Debo sentirla: debo dejarme llover.  No existe algo que me recuerde más  que de la vida no soy inmune. No existe nada que me recuerde más que yo  soy igual a todos. La lluvia me moja, el sol me quema y el viento fuerte  me hace temblar. En eso, soy como  todos los  humanos. Y yo necesito ser como ellos.
   Cuando salgo al encuentro con la lluvia no me preocupo por usar paraguas. Quiero que la lluvia  me toque  con sus manos de Naturaleza.
Así que hoy  salgo a la calle, con lo puesto y las llaves en el bolsillo. Dejo  las chatitas detrás de la puerta y con mis píes descalzos, camino. Abro la boca  para ver si una gota se digna a caer sobre mi lengua, como hacía de pequeña. Pero todos saben cómo son ellas, testarudas y traviesas, caen sólo donde vos no querés.
 Miro al cielo y a la dama del agua, y  le pido en mi mente que me toque.  En la esquina se escucha a un hombre que grita: “¡Qué lluvia de mierda!” y me pregunto si no habrá algo fingido en su exclamación.  Pienso que la lluvia no es lo que le molesta, sino la vida misma, o quizás un sinfín de cosas que no sabe qué son. Los humanos tendemos a actuar un poco así, trasladamos lo que sentimos a aquello que encontramos más cerca. La lluvia en este caso. 
Pienso en aquellas veces en las que no podía explicarme qué era lo que sentía. Sin saber si era porque no existían  palabras que pudieran  expresarme o  si era que yo aún no las encontraba. Todavía no logro entender, lo confieso, qué siento cuándo veo la lluvia.  Y eso que la conozco desde hace  ya veinte- ocho años.
Mis píes sienten el frío de las gotas que los atacan, pero es un día de verano y eso hace que no importe. Después de todo, ellos se sentirán agradecidos cuándo los seque una vez que  vuelva a casa. Incluso se sentirán mejor, que de nunca haber pasado frío. 
La lluvia empieza a intensificarse y las gotas caen cada vez con mayor  frecuencia y espesor. Y me río. Lo hago porque estoy sumida a mis sentidos, a mis impulsos. Y me río porque lo que siento no lo puedo racionalizar, pero  sé que es hermoso.
Pero de golpe, como si algo me alertara que debo irme, vuelvo al estado de siempre. Y pienso que tanta lluvia me va a resfriar. Aparecen otra vez los pensamientos mundanos, los quehaceres con los que debo cumplir, si es que quiero vivir en una casa y no en un cachivache. Las preocupaciones del trabajo y la sensación extraña de que me falta algo. Entonces te veo. 
Mirás al cielo y es obvio  que no vas a ningún lado. Se nota que sólo te dirigís a ti misma. Sos hermosa,  y  no te importa que tu cabello este despeinado en remolinos de viento y gotas.  Sólo importa que tus sentidos  se quedan implorando aquellas sensaciones de las cuales los demás … “Tengo frío” exclamás como una niña,  y esa voz no suena tuya; veo como salís de tu estado mágico. “¡Te invito a casa!” te respondo, como si acaso hubieses notado mi presencia, como si dos completas desconocidas pudiesen  exponerse de tal manera, como si  ofrecer eso fuese algo  normal. Pero me mirás  a penas un segundo y ya tenés tu respuesta: irás.  Hoy no es un día como otro. Hoy llueve y de forma hermosa.  Y vos te ves, querida, tan inofensiva. No sé por qué decís que sí, pero gracias.
Ahora ya no camino y vos tampoco, corremos. Huimos de la lluvia como antes lo hizo el resto de la ciudad. En mi casa nos espera  una pava donde haremos té caliente. Y ese hermoso ritual de secarse los píes y mirar por la ventana.
Tengo una desconocida en mi casa y es por voluntad propia. Su sonrisa me recuerda al mundo de los niños. El mundo de la euforia y de la espontaneidad.
Miro sus pecas, sus ojos y pienso en eso que por tanto tiempo oculté y que me ha molestado tantos años: las mujeres me gustan para mirar.  Y tal vez, para algo más, pero nunca supe averiguarlo.

Ahora, la lluvia frenó.  Pero esas sensaciones sin nombre, siguen cayendo en mí como gotas en el entramado  de mi mente: son  asociaciones y  recuerdos  en un espiral infinito sobre una niebla oscura. Te querés volver,  ahora te das cuenta de que no sabés quién soy. Lo noto porque te  levantás de la silla.  Adiós. Ahora te abro la puerta. Espero,  nos volvamos a ver en otro día de lluvia. Me decís que saldrás en la próxima lluvia y caminarás por las mismas calles y que esperas que yo pasee por ahí. Que fue un gusto conocerme. Quién sabe, existen tantas promesas que no se pudieron cumplir. Pero quizás con vos, sea distinto.  Tal vez vuelva encontrarte, pero siento que serás de esos seres que pasan por mi vida como pequeños flashes, dejando una marca de tinta, pero yéndose pronto y lejos.