Llueve. Mis ojos recorren la vida de cada gota, como
se vuelven gordas, no resisten su peso y caen. Una y otra vez la misma escena.
Y no deja de fascinarme.
Pero hay
muchas formas de gozar de la lluvia y no puedo limitarme sólo a verla. Debo sentirla: debo dejarme
llover. No existe algo que me recuerde
más que de la vida no soy inmune. No
existe nada que me recuerde más que yo soy igual a todos. La lluvia me moja, el sol
me quema y el viento fuerte me hace
temblar. En eso, soy como todos los humanos. Y yo necesito ser como ellos.
Cuando salgo al encuentro con la lluvia no me
preocupo por usar paraguas. Quiero que la lluvia me toque
con sus manos de Naturaleza.
Así que hoy salgo a la calle, con lo puesto y las llaves
en el bolsillo. Dejo las chatitas detrás
de la puerta y con mis píes descalzos, camino. Abro la boca para ver si una gota se digna a caer sobre mi
lengua, como hacía de pequeña. Pero todos saben cómo son ellas, testarudas y
traviesas, caen sólo donde vos no querés.
Miro al cielo
y a la dama del agua, y le pido en mi
mente que me toque. En la esquina se
escucha a un hombre que grita: “¡Qué lluvia de mierda!” y me pregunto si no
habrá algo fingido en su exclamación. Pienso que la lluvia no es lo que le molesta,
sino la vida misma, o quizás un sinfín de cosas que no sabe qué son. Los
humanos tendemos a actuar un poco así, trasladamos lo que sentimos a aquello
que encontramos más cerca. La lluvia en este caso.
Pienso en aquellas veces en las que no podía
explicarme qué era lo que sentía. Sin saber si era porque no existían palabras que pudieran expresarme o si era que yo aún no las encontraba. Todavía
no logro entender, lo confieso, qué siento cuándo veo la lluvia. Y eso que la conozco desde hace ya veinte- ocho años.
Mis píes sienten el frío de las gotas que los
atacan, pero es un día de verano y eso hace que no importe. Después de todo,
ellos se sentirán agradecidos cuándo los seque una vez que vuelva a casa. Incluso se sentirán mejor, que
de nunca haber pasado frío.
La lluvia empieza a intensificarse y las gotas caen
cada vez con mayor frecuencia y espesor.
Y me río. Lo hago porque estoy sumida a mis sentidos, a mis impulsos. Y me río
porque lo que siento no lo puedo racionalizar, pero sé que es hermoso.
Pero de golpe, como si algo me alertara que debo
irme, vuelvo al estado de siempre. Y pienso que tanta lluvia me va a resfriar.
Aparecen otra vez los pensamientos mundanos, los quehaceres con los que debo cumplir,
si es que quiero vivir en una casa y no en un cachivache. Las preocupaciones
del trabajo y la sensación extraña de que me falta algo. Entonces te veo.
Mirás al cielo y es obvio que no vas a ningún lado. Se nota que sólo te
dirigís a ti misma. Sos hermosa, y no te importa que tu cabello este despeinado
en remolinos de viento y gotas. Sólo
importa que tus sentidos se quedan
implorando aquellas sensaciones de las cuales los demás … “Tengo frío” exclamás
como una niña, y esa voz no suena tuya;
veo como salís de tu estado mágico. “¡Te invito a casa!” te respondo, como si
acaso hubieses notado mi presencia, como si dos completas desconocidas pudiesen
exponerse de tal manera, como si ofrecer eso fuese algo normal. Pero me mirás a penas un segundo y ya tenés tu respuesta:
irás. Hoy no es un día como otro. Hoy
llueve y de forma hermosa. Y vos te ves,
querida, tan inofensiva. No sé por qué decís que sí, pero gracias.
Ahora ya no camino y vos tampoco, corremos. Huimos
de la lluvia como antes lo hizo el resto de la ciudad. En mi casa nos
espera una pava donde haremos té
caliente. Y ese hermoso ritual de secarse los píes y mirar por la ventana.
Tengo una desconocida en mi casa y es por voluntad propia.
Su sonrisa me recuerda al mundo de los niños. El mundo de la euforia y de la
espontaneidad.
Miro sus pecas, sus ojos y pienso en eso que por
tanto tiempo oculté y que me ha molestado tantos años: las mujeres me gustan
para mirar. Y tal vez, para algo más,
pero nunca supe averiguarlo.
Ahora, la lluvia frenó. Pero esas sensaciones sin nombre, siguen
cayendo en mí como gotas en el entramado de mi mente: son asociaciones y recuerdos
en un espiral infinito sobre una niebla oscura. Te querés volver, ahora te das cuenta de que no sabés quién
soy. Lo noto porque te levantás de la
silla. Adiós. Ahora te abro la puerta.
Espero, nos volvamos a ver en otro día
de lluvia. Me decís que saldrás en la próxima lluvia y caminarás por las mismas
calles y que esperas que yo pasee por ahí. Que fue un gusto conocerme. Quién
sabe, existen tantas promesas que no se pudieron cumplir. Pero quizás con vos,
sea distinto. Tal vez vuelva
encontrarte, pero siento que serás de esos seres que pasan por mi vida como
pequeños flashes, dejando una marca de tinta, pero yéndose pronto y lejos.