1.
Amalia desnuda mirándome en la bañadera llena de burbujas mientras me espera. Una papa frita. Amalia me acaricia la nuca y me mira deseosa. Dos papas fritas. Amalia me cuenta que compuso una canción en el piano y que quiere mostrármela. Tres papas fritas. Amalia grita mientras la penetro. Diez papas fritas. Amalia diciéndome que me quiere. Doce papas fritas. Amalia mostrándome sus dibujos. Trece papas fritas. Amalia me mira y me dice que se quiere mudar conmigo. Quince papas fritas. Amalia caminando por la arena. Veinte papas fritas. Amalia echándole el ojo a la vecina. Chau papas fritas.
Miro los cadáveres de las papas. Son dos, no, son tres, no, son cuatro. El sillón me hunde, me traga, me come. Tengo que levantarme, tengo que levantarme...
antes de que la llame, antes de que muera de tanto esperar
la.
Debo evitar llamarla. Ya apagué el teléfono y lo metí en el cajón. Pero nunca sé si podré resistirme. Hago fuerza con mis brazos para levantarme; voy a conseguirlo, sé que puedo hacerlo y no para llamarla.
Logré levantarme, debo evitar al espejo, debo evitar al espejo, debo evitar… ¡maldito! En vos me veo, piel blanca, brazos fofos, barriga, ojeras ¡auch! Ya, ya… abro la puerta; la llave y la guita en el bolsillo, ascensoor, ascensoor, veniii.
Llega. Bien, saldré de mi casa. Aplausos para mí. Dos cuadras hasta el Super. Y listo, me vuelvo. Me subo al ascensor con la frente un poco más alta. Aprieto el botón. Y entonces el ascensor se apaga.
2.
Creo que me equivoqué de botón. No sé, el punto es que acá está todo oscuro. Estoy atrapado en la caja de la nada, el ascensor.
Tengo miedo. No hay nada que me distraiga de pensar en Amanda.
Amanda, su nombre me persigue más que nunca. Amanda, Amanda, Amanda, Amanda, Amanda, Amanda, Amanda. Tengo miedo de morir de tanto pensar en ella. Y al revés, tengo miedo de dejar de pensar en ella y morir.
Me imagino que está sentada al lado mío, mirándome. Pero no me consuela, no pasa un segundo y ya la pienso con los ojos rojos. Ella no es mala. Ella es pasión en cuerpo. Pero una vez que la conoces ya no hay universo que te imagines sin ella. Amanda.
Y no es que lo haga con maldad, pero es que ella fluye por el mundo dejando impresiones que nunca podrán olvidarse. Ella se aferra pero no del todo. Siempre se supo hermosa. La odio. La amo. Amanda. Amanda.
Me aburro. Hace un rato que estoy tratando de no pensar en nada (porque pensar en algo, es pensar en Amanda) y no puedo. El celular lo tengo apagado en el cajón del mueble aquel, en el que me propuse olvidarla.
Tengo miedo. ¿Cuánto tiempo podré aguantar en este agujero, sin tiempo, ni luz, y muy poco espacio?
Tal vez muera de tedio. Y no por Amanda. Y no de Amanda.
Bueno, ¿y si cuento?, me acuerdo que de chico me encantaba hacerlo. Era todo un mérito, saber contar hasta tal número, yo sabía contar hasta el 158. Empiezo, 1, 2, 3, 4, 5,6,7,Amanda,8,9,10,11,Amanda,13,14,15,16,17,18,Amanda,19,20,21,22,23,24,25, Amanda,26,27,28,29, Amanda, 30….
3.
_Juaaan_ una voz lejana, conocida. _Juan, ya está, arreglé el ascensoor…_ trato de entender. Claro. Ya está. Me acomodo, me duele la cabeza, tengo un pie dormido, cosquillea. Me levanto y bailo la danza de los pies dormidos. La danza de los ridículos.
Me recupero. Aprieto el cero. Ya lo vero, digo veo: esta es la última vez que pondré mi agonizante ser en este ascensor, en cualquier ascensor. Punto.
Lo sé como que me llamo Juan y mi nombre es aburrido.
¿Y ahora?
Gracias Rosa, le digo a la encargada y salgo disparado hacia la calle. Disparado y disipado.
Como no sé qué hacer camino. Diez cuadras. Paro en una plaza cualquiera. Dos señoras tomando maté, el familiar olor a reunión juvenil y detrás de un árbol, una joven. Bella, casi tanto como la que ya no puedo nombrar. Trato de no mirarla demasiado, aún no estoy listo.
Diría que mi corazón no está sano, pero eso sería usar las palabras de otro que no comprendo. Mi corazón no está sano, porque estoy comiendo demasiado y moviéndome muy poco. Pero no por razones sentimentales. Si tuviera que ubicar mis sentimientos en un órgano de mi cuerpo, sería en mi mente. Están junto a mis pensamientos. Se contradicen entre sí, pero los límites entre uno y otro no son claros. Yo pienso en relación a lo que siento, así como siento en relación a lo que pienso.
Lo que sí mi voluntad no interviene. Esa sí que la ubicaría en otra parte. En mis pies, quizá. No sé, a veces en ningún sitio.
Un impulso que no sé de dónde viene, me hace levantarme y volver a mi casa. Hoy haré algo distinto. Diez pisos voy a subir. Diez pisos.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Ocho.
Nueve.
Diez.
Abrir la puerta y mis piernas que tiemblan se arrastran hacia el sillón.
4.
Me desperté justo a tiempo para salir al trabajo. Salí apurado y eso alteró todo mi día. Baje por las escaleras; ya estaba chivado y apenas había comenzado mi día. ¡Qué hastío!
Esto recién comienza. Todo el día parado mirando rostros ansiosos, aburridos, cansados, somnolientos. Eso es mi trabajo, ver esos rostros, ser maquínico, estar atento a lo que ellos quieren, cosas inútiles la mayor parte del tiempo. Los más ansiosos son los fumadores y los que compran preservativos.
Pero las horas pasan de todos modos y mi jornada termina. ¿Qué hacer ahora? Mis pies son mi voluntad y me dicen que camine. Así que lo hago. Pero eso no me conforma, entonces corro.
5.
Corro, chorreo sudor y no me importa. No me importa. No sé a dónde, parezco loco, pienso rápido como mis piernas, no me entiendo, corro. Zigzag para esquivar a las otras personas que caminan. Todos me miran raro, debe haber algo en mi mirada como enajenado, o debe ser que corro.
Me duelen las piernas y eso me produce un placer masoquista, ¿hacía cuánto no sentía este tipo de dolor? ¿Desde la secundaria?
Una plaza, bien. A dar vueltas. Y mi mente da vueltas:
mi mejor amigo tiene miedo de su otro amigo que está triste por la muerte de su esposa y cada día se toma una botella de vino y él lo lamenta mucho porque lo quiere y no desea que esté mal porque él es un buen amigo y los buenos amigos son geniales y me pregunto porqué nunca les pido a mis amigos que me acompañen en estos momentos en los que sufro es como que me quiero hacer el mártir el héroe que puede con todo por eso ahora corro me doy cuenta que quiero ser un héroe griego o un maldito macho que supera todas las cosas malas sin rendirse y sin quejarse. Fuck.
Freno. Estoy agitado, el aire apenas me alcanza. Continúo.
después de todo tengo que seguir hay que avanzar en la vida ya está la mujer que ya no nombro me la voy a quitar del organismo como a los tóxicos de mi sudor como a sudor lo voy a hacer.
Doy la vuelta y corro hasta mi departamento: 1,2,3,4,5,6,7,8,9,10 pisos y llego. Pido una pizza por teléfono. Cuándo logro sentir el queso dentro de mi boca ya lo sé: estoy satisfecho.
6.
Salgo del trabajo. La gente, no la veo tan vacía, siento que son personas que aman, que sufren como yo. ¿Será el día? ¿Será que hoy el tiempo se realentó y no todo el mundo corre?
Algo pasa. Algo me pasa.
Hoy mientras atendía en el kiosco, las personas me resultaron amables, genuinas, sufrientes, sinceras. Sentí como si me mirasen en serio. Como si ya dejase de ser una simple herramienta para acceder a sus cigarros o sus caramelos.
Debo ser yo. Yo cambié.
Sucede que corrí, eso es. Hay algo mágico en eso. Ese placer masoquista de los que corren es maravilloso. Ya sé lo que voy a hacer:
Corro
La irracionabilidad del amor es lo que hace tan difícil eso de echarle la culpa a uno u a otro uno puede convertirse en un ogro celoso por amor olvidar que lo que ahora siente ya lo vivió antes hasta encontrar poemas escritos a amores anteriores que relatan lo mismo que ahora te pasa porque parte de amar es creer que ese amor es único vivimos recordando sin darnos cuenta un amor lejano Freud dice que es a la madre pero yo digo que es la vida o a la magia que creímos perder con tanta ciencia pero nos olvidamos que la magia también está en todo en los árboles en los amigos y en la comida y en correr y en las mañanas soleadas y en la música y en el arte, sobre todo en el arte
Mi mente también corre, no se detiene:
Las pinturas de Frida Kahlo son populares porque son un grito de dolor autentico pero no son un grito de dolor oscuro son su fruto y su redención es la certeza de que él no lo es todo las pinturas de ella son como tentáculos de dolor rindiéndose contra la certeza de que la vida es más grande la vida sigue y aún en la pena hay belleza…
Hay algo raro en todo esto. Como si las palabras que salen de mi cabeza no las pensase yo. Como si aquellas palabras, las pensase una mujer. Y yo no soy una mujer.
Vuelvo hacia mi edificio y subo los diez pisos. Ya no me agito tanto. Siento algo extraño. Me siento feliz.
7.
Hace ya dos meses que corro cuando salgo del trabajo. Estoy mejor. Mucho mejor. Mis amigos me ven mejor. De hecho, mis amigos me ven. Antes me sentía tan triste que no quería verlos porque me creía una carga. Ahora puedo estar con ellos sin agobiarlos con historias o con imágenes de ella. Me siento más tranquilo. Incluso empecé a correr los diez pisos hasta mi departamento.
¿Será que al estar yo mejor mis clientes son más amables conmigo? ¿O será que yo los miro con ojos distintos, renovados?
Se me acerca una viejita de pelos canosos y me pide unos caramelos. Me dice: Disculpe caballero, ¿me daría unos caramelos de propolio para mi garganta?
La amabilidad de su voz de vieja me hizo acordar a la voz de mi madre antes de morir. Le dije que sí, que ya se los alcanzaba y que ojalá que se cure de su dolor de garganta.
A veces pasa, es algo muy pequeño y sin embargo te hace sentir más liviano, más vivo. Como escuchar la voz de tu madre en una anciana. Es un pequeño gesto y listo: revives y te renuevas.
Y ahora que ya salí del trabajo, corro de nuevo.
Los ancianos son seres hermosos y están solos no cualquiera los aprecia lo que pasa es que quizás sólo los que alguna vez sintieron soledad son los que los entienden pero sólo si pueden ver que ellos también vivieron ese dolor porque a veces el dolor se niega y ellos no lo hacen son transparentes se les ve el corazón y los intestinos y por eso son hermosos porque no fingen y ya perdieron las fórmulas aunque claro siempre está la vieja que se queja del clima o de la política y repite frases hechas pero ella tampoco finge su indignación es real y no todos los viejos son así por alguna razón siempre me parece que hay más viejas que viejos por la call…
¡¡¡¡Qué dolor!!!! ¿Qué pasó? Ay, me siento maread…ushhh… la imagen… no, no es cierto, no…
8.
Estoy en el hospital. No sé cómo llegué. Recuerdo vago el sonido de las sirenas. Lo recuerdo como un canto. No es hermoso.
Siento dolor. No entiendo. Eso es lo que me molesta. Llega el doctor. Dice:
Veo que ya recobraste la consciencia. No sé si recordás lo que sucedió. Tu pierna se tropezó con la boca de una alcantarilla y sufriste de una fractura expuesta. Ahora te pusimos un tranquilizante para que te duela menos. Lamentablemente, tu herida se infectó. Tendremos que amputarte la parte inferior de la pierna. Lo sentimos.
Lo oigo, pero no puedo escuchar lo que me dice. Con una voz que tiembla le pregunto:
¿Y ahora?
Descanse, me dice.
Entonces miro la pared blanca del hospital que es como el espacio en blanco de un cuento.
9.
Hoy me operan. Tengo miedo. Pero no tanto miedo como suponía que tendría. En algún punto estoy rendido ante las circunstancias, en algún punto ya no sufro. En otro punto, tiemblo de dolor.
Llegó la hora de pedir ayuda. Pedir ayuda es pedir compañía. Lo llamo a Luis:
Amigo, cuánto tiempo ¿no? (mi liviandad es fingida, claro),…, ¿Cómo estás?... y yo acá medio medio (hay casi una risa nerviosa cuando digo esto), …, mirá estoy en el hospital Gutiérrez, tuve un accidente, hoy a la noche me operan, ¿podrías venir a acompañarme?… gracias amigo, te quiero… nos vemos.
Luiis, mi amiigoo, hace meses que no lo veo. Es un hombre gordo, una circunferencia con patas. Adoro que sea así. Nuestra costumbre solía ser juntarnos en una parrillita a comer asado. Es un gran amigo, el que más quiero.
Eso es lo maravilloso de la amistad, no hay ansiedad por verse con las personas que uno más quiere, lo que más hay es el placer de sentir que un amigo está bien sea donde esté y que siempre va a haber una posibilidad de reencontrarse.
Cómo lo quiero a Luis. Es un personaje de cuento. Taxidermista por hobbie y carnicero por profesión. Si me muero ahora me gustaría que Luis se quede con todas mis pertenencias. No tengo familiares cercanos, él es lo más cercano.
Miro mi reloj, pasaron diez minutos sin recordar que estoy y para qué estoy. ¿Para qué estoy? Para vivir; pero de una forma completamente distinta de la que sé. Quiero que llegue Luis. Que me distraiga. Que haga cómo si nada. Y que me hable del súper-clásico del otro día. Aunque me importe un huevo.
De repente se me ocurre una idea, es una imagen que me da paz y me da risa. Me da paz porque es una metáfora de algo que quiero hacer. Me da risa porque es una idea bastante bizarra.
10.
Llega Luis con su panza gigante y su voz que se parece a la de Papo. Hola amigo, dice. ¿Estamos jodidos, no?
Re jodidos.
Silencio. Dos minutos de silencio. Vuelve a hablar: ¿Viste el Súper Clásico? Ganó River otra vez. Las gallinas estaban de fiesta. Fue tremendo. Los bosteros, todos carilargos, mi amigo Hernán no sabés cómo estaba…
Gracias Luis. Gracias por no hablarme de lo que me espera.
¿Le avisaste a más personas que estás acá?
No. Pensé en vos nomás.
Deberías avisarle a Lucho y a Miri. Y a Malena. Ah y a Esteban.
Hay tiempo. Por ahora sólo quiero verte a vos.
Algo le incomoda de esa declaración. Es fuerte. Es mi persona en el mundo. Siempre lo fue. Antes también lo era ella, pero ahora sólo él es mi refugio. Cómo lo quiero.
No te preocupes, hermano, te voy a visitar todos los días.
Gracias. Quiero decirte algo, una idea que tuve.
Se la digo y él se ríe. No te preocupes, yo voy a hablar con el doctor, dice. Sucederá, lo sé.
11.
En este momento, Luis está hablando con el doctor. Le está contando mi idea. Se demoran. Espero que lo convenza de que es algo importante para mí. Es casi lo único que me importa.
Ahí vienen.
Si… este… hablé con tu amigo… y bueno, al principio le dije que no, porque no es lo usual pedir algo así, pero en fin, si es lo que precisa entonces lo permitiré.
Gracias.
Bien, dicho esto comenzaremos la operación. Luis, le voy a pedir que se retire por favor.
Por supuesto.
Se retira mi amigo y me anestesian.
12.
Me siento drogado. Misteriosamente feliz. Debe ser la anestesia. Ah, cierto, estoy acá porque… ah no, no quiero ni pensarlo. ¡Ay! cuándo me vea va ser re difícil. Está Luis. Dice que estuvo investigando sobre donde se consiguen las piernas ortopédicas. ¿Y lo que pedí? , le pregunto. Hecho. Buenísimo.
Lo único que me molesta es pensar en ver mi nueva imagen. Es lo más difícil. Yo me siento el mismo; pero no, perdí una parte de mí. Literalmente. Me río de mi pensamiento. Es la anestesia.
Pero no dura mucho. De repente lo entiendo. No tengo una pierna. No tengo una pierna. Ahora las personas me van a ver como un discapacitado. Algún niño o niña curiosa va a preguntar qué le pasa a ese señor que no tiene pierna y su madre le va a responder que se calle. O si no le va a decir que tuvo un accidente pobrecito. Yo voy a hacer ese pobrecito.
Voy a ser esa persona por la que otras sienten lástima. No quiero ser esa persona. No quiero.
Uy, se me acaba de ocurrir una idea terrible. No voy a poder correr. Eso sí que es un problema.
Saliendo del divague me doy cuenta que Luis me está mirando fijo, preocupado. Tranquilo, le digo, todo va estar bien… me gusta vivir. Entonces me abraza y lloramos los dos juntos.
13.
Hoy vino el fisioterapeuta. Es un hombre agradable. Es gordo y canoso. Panza de cerveza. Cuesta tomárselo en serio cuando habla de lo importante que es ejercitarse. Pero te transmite confianza, te hace sentir que vas a caminar de nuevo. Y eso es muy importante.
Me decidí a llamar a cada uno de mis amigos para que me visiten. Ya no quiero ser un mártir, ni un héroe griego ni un macho si es que eso significa algo. Me rindo. Necesito ayuda. Toda la ayuda posible. Y ellos son gente buena.
Así que llamé a Lucho, a Miri, a Male, a Esteban. Los llamé por separado, uno por uno les fui contando lo que pasó.
Ellos vinieron todos juntos:
Ronda de maté. La charla se puso frenética. Nadie quiere hablar de lo que le duele. Entonces Lucho cuenta que se compró un video juego muy genial pero que la esposa lo carga por estar con esas cosas a su edad y Miri que está saliendo con una chica asiática pero que es muy celosa y Esteban cuenta que el otro día tuvo sexo casual con una chica que conoció en el colectivo y nadie le cree. Todos se ríen de golpe. Salen a contar chismes, que fulanito engañó a fulanita con tal, y fulanito a fulanito con tal, que existe una pareja de a tres, ¿un ménage?, que anda manifestando su pasión por el barrio, que esa compañerita tan buenaza que tenían en la secundaria se metió en Bailando por un Sueño, que pusieron un localcito de comida cerca de lo de Miri que es muy bueno, y salen los temas de política, que encontraron el cuerpo de Luciano Arruga, pero los medios de comunicación no hablan mucho de eso , que en México desaparecieron cuarenta-tres estudiantes que habían participado de una protesta y Lucho cuenta que vio the rati horror show y quedó horrizado. Hay un segundo de silencio en el que todos me miran. Entonces Male propone que cuando me den el alta ella va organizar una cena en su casa, que quiere probar una nueva receta que aprendió en el canal Gourmet; entonces les cuento mi idea.
Quedan sorprendidos, un poco asqueados, pero aceptan, no me dicen nada más que eso, que sí, que dale que va, aunque de seguro piensan que me volví loco.
14.
Ella está acá. Siento como si estuviese presenciando a un fantasma. Miento: ella es demasiado real, demasiado genuina; sus lágrimas son reales y densas como este mundo. No para de llorar, estoy desconcertado, siento que yo debería consolarla a ella, que yo debo decirle algo que la haga sentir mejor, que la cure.
Me río. Esto la desconcierta. Sonríe.
¿Qué pasa?
No le respondo, o más bien le respondo con una pregunta
¿Cómo supiste?
Me contó Miri, me la crucé el otro día en un bar y le pregunté por vos.
De nuevo el silencio incomodo de los que miran a un enfermo, sienten dolor y no quieren decirlo.
Tranquila, voy a estar bien.
Lloro. Esto no ayuda a que suene convincente. Pero yo me creo. Eso seguro.
Me acaricia el rostro, hay algo extraño en la forma en la que me mira: ¿lástima? ¿amor?
Me siento culpable… yo ya no estoy y te pasa esto. No estaba allí para evitarlo…
Me irrita. Esta culpa irracional es típica de los velorios. Yo no estoy muerto. Estoy vivo, más que muchos otros bípedos. Dejo de escucharla por unos segundos, por unos minutos. Es el tono de su voz, que se sienta responsable, me aburre, sinceramente, me aburre…
…me pregunto, si yo no te hubiera dejado, quizás vos no hubieses andado tan distraído por la calle y entonces no te hubieses tropezado y…
¡Basta corazón! ¡Basta!, tranquila. NO ESTOY MUERTO, ¿SABÉS?, NO ESTOY MUERTO…
Ella se asusta. No me entiende. Esas últimas palabras fueron dichas como en mayúscula. Con demasiado énfasis. Ella tiene miedo de que ese sea el fin de todo. Que su recuerdo quede manchado. Que la odie toda la vida. Pero eso nunca pasará.
Ahora son los minutos de silencio incomodo por miedo al desencuentro.
Entonces…
Bella, vos me diste taanto. No podría pedirte más. Y te fuiste porque sos fiel a vos misma. Y eso es hermoso. Y no te voy a mentir, me dolió (la voz tiembla, los ojos resisten), pero prefiero mil veces eso a poseer una esclava.
Hay algo que suena medio teatral en lo que digo, como si alguien más estuviera decidiendo mis palabras. Pero lo siento así.
Nos abrazamos. Esta será la última vez que la vea. Es una despedida. Ya no creo que deba eliminarla del todo de mi mente, siempre y cuando permanezca como un sueño; siempre y cuando mi presente sea más importante que nuestro pasado.
15.
Pude pararme. Di tres pasos con ayuda de las muletas. Estoy emocionado. El fisioterapeuta sonríe, él también está contento.
Pronto llegará el día. Me darán el alta. Seré libre. Ya no podré correr, pero algo se me ocurrirá. Me volveré contemplativo. Tendré que mirar las baldosas con mucho detenimiento. Moverme más lento. Seré menos frenético.
Viene Luis. Le cuento mi logro. Me abraza con alegría. Me siento un niño, hay algo bello en eso.
Vengo a ofrecerte algo, hermano. Te propongo que vayas a vivir a casa. De esa forma no tendrás que volver a pisar un ascensor. Así estás más cómodo. No te preocupes por mí, para mí será algo bueno.
¿Seguro?
Soy un hombre solo. No me vendría mal compañía.
Gracias hermano.
Otro abrazo y la certeza de que amo a este hombre.
16.
Llegó el día. El alta. La dicha. Ver el sol.
Luis me lleva en el auto a su casa. Nuestra casa. Lucho y Miri van con nosotros. Malena y Esteban van en otro auto.
Llegamos. La casa de Luis es muy antigua, de estilo colonial. Está despintada y con humedad. Tiene su encanto.
Mi sitio favorito es el jardín. Nos sentamos ahí y me descalzo.
Ya nunca sentiré las plantas de mis pies sobre el pasto. Pero sí puedo sentir la planta de mi pie en el pasto. Y eso es hermoso.
Ronda de mate.
Miri dice que lo que vamos a hacer ahora es una locura. Que la disculpe por su sinceridad. Esteban dice que está de acuerdo, pero que justamente por eso lo quiere hacer. Male y Lucho asienten. Male dice que siempre supo que era un tipo raro y que justamente por eso quiso ser mi amiga. Nos reímos. De pronto ya no hay nada que decir, entonces a alguien se le ocurre contar chistes, que cuál es el colmo más chiquito, el colmillo, que como se apaga un incendio, con galletitas de agua, que Jaimito esto y aquello y el chiste ese del león que se come al mono…
El ritual de las bromas que se hacen para tapar silencios, el ritual de los chistes infinitos que todos ya saben.
Se hace de noche. Ya no podemos postergarlo. Luis agarra el paquete. Nos subimos nuevamente a los autos. Estacionamos en la costanera.
Rápidamente lo abro, la miro, le digo adiós y la tiro al río.
Me siento en paz ahora más que nunca.
17.
Son las 11 de la mañana. Me estoy tomando unos mates con Luis en la cocina. Prendo el noticiero. Crónica TV.
DOS HOMBRES Y UN PARAGUAYO ENCUENTRAN PIERNA EMBALSAMADA EN EL RIO DE LA PLATA. SE CREE QUE ES CULPA DE LOS NARCOS
Nos reímos. Luis me dice que va haber que avisarle a la policía. Entonces, nos reímos de nuevo.