domingo, 7 de julio de 2013

En los sueños

Era un jueves, dos de la mañana: hacían ya tres días desde la última vez que Pedro Amor había dormido. Se negaba a hacerlo con todas sus fuerzas porque sabía que si sucumbía en las manos del sueño, reaparecerían sus pesadillas. Se había pasado esas tres noches leyendo o simulando leer, mirando televisión o simulando  que veía televisión y fumando de las hierbas acaso más intervenidas por la mano del hombre y su meo. Si tan sólo consiguiese aquel polvo, pero no… había llegado el temido momento de que Pedro Amor se sometiese a las necesidades oníricas de su cuerpo. Y ni siquiera la necesidad de sueño profundo lo pudo salvar esa vez: las imágenes irrumpieron en  su cabeza como ladrones que entran en las casas en noche buena.
Allí estaba, otra vez, el Pedro Amor onírico corriendo. Huyendo a velocidades impensables en realidades de vigilia  y con un miedo que sólo se siente en los sueños. Todo de golpe se volvía gris, y atrás de él  aparecían esos seres con apariencia de humanos, pero que no eran humanos, que corrían tras suyo. Todos estaban  encapuchados y una fina capa de oscuridad les envolvía el rostro. Aunque no faltaban aquellos seres que usaban mascaras lúgubres o medias negras en la cabeza. Y delante de ellos, aunque rozándoles los tobillos, Pedro corría con desesperación absoluta porque olvidaba que todo era un parte de su sueño.
 Justo cuando creía estar a punto de ser atrapado despertó. Amaneció cómo siempre, de mal humor. No había forma de escaparle a ese sueño. Era lo mismo, una y otra vez. Estaba cansado de esa monotonía de sufrimiento, “si voy a pasarla mal, al menos quiero hacerlo de una forma distinta cada noche”, pensaba.  Y tenía razón. Su sensación era la de aquel cuento popular donde un hombre despierta todos los días en el mimo horario y la misma fecha y no puede escapar de esa realidad finita (e infinita al mismo tiempo). A él le pasaba eso, sólo que además debía sufrir una persecución. ¡Tremenda dicha la suya!
De repente, sintió como quién se ha olvidado de algo: “¡Laura!, tengo que ir ya para su casa” se dijo así mismo en un arranque de lucidez. Pedro Amor se bañó, vistió y fue hacia la casa de su amiga. Ella vivía en un dúplex antiguo. Tocó el timbre y Laura lo hizo pasar. Luego fueron al balcón. Hacía frío y estaba nublado pero no importaba. Era la costumbre. Después de veinte años de amistad, se había convertido en tradición.  Prendieron un fazo y entre seca y seca se hicieron confesiones. Pedro contó sobre las persecuciones de sus sueños. “¿Y Pedrito querido, nunca pensaste en perseguir a quienes te siguen?”, “¿Cómo?”, “Y, yo te diría que hoy antes de dormir te imagines persiguiendo a esos seres que te atormentan. Así te dormís mentalizado con que eso suceda, ¿qué te parece?”.

Esa misma noche Pedro Amor lo intentó. Y funcionó.  
En su sueño corría, pero no por delante de esos seres sin rostro, como en los otros sueños, sino que por detrás. Intentaba atraparlos con todas sus fuerzas, pero se les escapaban, se escurrían. El Pedro Amor del sueño sabía que si él no los mataba a ellos, aquellos seres volverían por él. Pero no había manera. Siempre fallaba. En un sólo instante creyó estar a punto de atrapar a uno de aquellos sujetos, pero fue en ese momento cuando despertó. Y, de nuevo, emergió el mal humor matutino.
Pedro no sabía que era mejor: si huir o perseguir. Al fin al cabo, era más o menos lo mismo. No encontraba solución posible a su problema. Pero, tal vez, para Laura sí la había.
Fue hasta su casa. Tocó el timbre. Ella le abrió, vestida con un piyama antiguo. “¿Qué pasa?” le preguntó, algo dormida, “Necesito un fazo” le contestó Pedro. Y  nuevamente fueron al balcón a fumar y charlar. Pedro le contó lo que le había pasado y Laura río, así como hacen las mujeres y exclamó  “Es una mejora. Ahora vos haces algo para eliminarlos a esos seres. Estaba pensando, no sé, ¿esos seres no estarán hablando  de tus miedos?”, “puede ser” contestó Pedro. Después de eso, la charla se desvió por los eternos ramajes de la mente.
Pero al volver a acostarse, Pedro Amor sintió que esta vez su sueño iba  a ser diferente. Se sentía en paz. Y adivinen, lo fue.
Soñó que estaba en una habitación con alguno de esos seres sin rostro. Un velo de oscuridad le tapaba los ojos al sujeto que lo acompañaba. Y sin embargo sus labios se podían ver de forma precisa, casi fotográfica. El ser o sujeto se le acercaba. Él, al principio tenía miedo, pero luego se le ocurrió una idea que lo tranquilizó. Esperó quieto a que él ser se acercara  y  lo besó. El ser se desvaneció.

Cuándo el Pedro de vigilia despertó, supo que no volverían sus pesadillas. 

miércoles, 3 de julio de 2013

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia



Me decís:
"Me cuesta tenerme fe"
y buscás consuelo inmediato.
Ante esas cosas, soy distinta
siempre me quedo pensando
pero eso no significa
que no tenga fe en ti.

Tan sólo pienso que...
tanta preocupación
te va quitando orientación:
revoloteando de aquí por allí,
queriendo todo y sin saber por donde
vas a comenzar
(sin acotar tampoco).

Llenando el día de obligaciones
que te atan...
hacen que sea más fácil
un proyecto abandonar.

Yo propongo:

Paso a paso,
sostén sólo
lo que puedan tus manos
y date tiempo para amarme
a mí.

O no lo hagas
y corre, corre tras tu destino.
Sin detenerse, ni lamentar
yendo cada vez más rápido.

O si no,
¡Detente!
escucha tu cuerpo
¿qué te pide?
Aquieta tu mente
por un rato:
Sabrás que no hay arma
detrás de tu espalda.

Pero eso sí,
no me preguntes porqué
te quiero.
Hay cosas que las explican
tan sólo
los sueños.

¿Pero a ellos quién los explica?