Era un jueves, dos de la mañana: hacían ya
tres días desde la última vez que Pedro Amor había dormido. Se negaba a hacerlo
con todas sus fuerzas porque sabía que si sucumbía en las manos del sueño,
reaparecerían sus pesadillas. Se había pasado esas tres noches leyendo o
simulando leer, mirando televisión o simulando
que veía televisión y fumando de las hierbas acaso más intervenidas por
la mano del hombre y su meo. Si tan sólo consiguiese aquel polvo, pero no…
había llegado el temido momento de que Pedro Amor se sometiese a las
necesidades oníricas de su cuerpo. Y ni siquiera la necesidad de sueño profundo
lo pudo salvar esa vez: las imágenes irrumpieron en su cabeza como ladrones que entran en las
casas en noche buena.
Allí estaba, otra vez, el Pedro Amor
onírico corriendo. Huyendo a velocidades impensables en realidades de vigilia y con un miedo que sólo se siente en los
sueños. Todo de golpe se volvía gris, y atrás de él aparecían esos seres con apariencia de
humanos, pero que no eran humanos, que corrían tras suyo. Todos estaban encapuchados y una fina capa de oscuridad les
envolvía el rostro. Aunque no faltaban aquellos seres que usaban mascaras
lúgubres o medias negras en la cabeza. Y delante de ellos, aunque rozándoles
los tobillos, Pedro corría con desesperación absoluta porque olvidaba que todo
era un parte de su sueño.
Justo
cuando creía estar a punto de ser atrapado despertó. Amaneció cómo siempre, de
mal humor. No había forma de escaparle a ese sueño. Era lo mismo, una y otra
vez. Estaba cansado de esa monotonía de sufrimiento, “si voy a pasarla mal, al
menos quiero hacerlo de una forma distinta cada noche”, pensaba. Y tenía razón. Su sensación era la de aquel
cuento popular donde un hombre despierta todos los días en el mimo horario y la
misma fecha y no puede escapar de esa realidad finita (e infinita al mismo
tiempo). A él le pasaba eso, sólo que además debía sufrir una persecución.
¡Tremenda dicha la suya!
De repente, sintió como quién se ha olvidado de
algo: “¡Laura!, tengo que ir ya para su casa” se dijo así mismo en un arranque
de lucidez. Pedro Amor se bañó, vistió y fue hacia la casa de su amiga. Ella
vivía en un dúplex antiguo. Tocó el timbre y Laura lo hizo pasar. Luego fueron
al balcón. Hacía frío y estaba nublado pero no importaba. Era la costumbre.
Después de veinte años de amistad, se había convertido en tradición. Prendieron un fazo y entre seca y seca se
hicieron confesiones. Pedro contó sobre las persecuciones de sus sueños. “¿Y
Pedrito querido, nunca pensaste en perseguir a quienes te siguen?”, “¿Cómo?”,
“Y, yo te diría que hoy antes de dormir te imagines persiguiendo a esos seres
que te atormentan. Así te dormís mentalizado con que eso suceda, ¿qué te
parece?”.
Esa misma noche Pedro Amor lo intentó. Y
funcionó.
En su sueño corría, pero no por delante de
esos seres sin rostro, como en los otros sueños, sino que por detrás. Intentaba
atraparlos con todas sus fuerzas, pero se les escapaban, se escurrían. El Pedro
Amor del sueño sabía que si él no los mataba a ellos, aquellos seres volverían
por él. Pero no había manera. Siempre fallaba. En un sólo instante creyó estar
a punto de atrapar a uno de aquellos sujetos, pero fue en ese momento cuando
despertó. Y, de nuevo, emergió el mal humor matutino.
Pedro no sabía que era mejor: si huir o
perseguir. Al fin al cabo, era más o menos lo mismo. No encontraba solución posible a su problema. Pero, tal vez, para
Laura sí la había.
Fue hasta su casa. Tocó el timbre. Ella le abrió,
vestida con un piyama antiguo. “¿Qué pasa?” le preguntó, algo dormida, “Necesito
un fazo” le contestó Pedro. Y nuevamente
fueron al balcón a fumar y charlar. Pedro le contó lo que le había pasado y
Laura río, así como hacen las mujeres y exclamó “Es una mejora. Ahora vos haces algo para
eliminarlos a esos seres. Estaba pensando, no sé, ¿esos seres no estarán
hablando de tus miedos?”, “puede ser”
contestó Pedro. Después de eso, la charla se desvió por los eternos ramajes de
la mente.
Pero al volver a acostarse, Pedro Amor
sintió que esta vez su sueño iba a ser
diferente. Se sentía en paz. Y adivinen, lo fue.
Soñó que estaba en una habitación con
alguno de esos seres sin rostro. Un velo de oscuridad le tapaba los ojos al
sujeto que lo acompañaba. Y sin embargo sus labios se podían ver de forma
precisa, casi fotográfica. El ser o sujeto se le acercaba. Él, al principio
tenía miedo, pero luego se le ocurrió una idea que lo tranquilizó. Esperó
quieto a que él ser se acercara y lo besó. El ser se desvaneció.
Cuándo el Pedro de vigilia despertó, supo
que no volverían sus pesadillas.