Sí que era viejo, el recolector de palabras.
Tenía 102 años y cuatro primaveras.
Años y décadas de su vida, había estado buscando algo que le diese sentido a su
existir. Búsqueda tras búsqueda había realizado, cuándo finalmente pudo llegar
a la hermosa conclusión, de que lo que le daba sentido a la vida eran las
palabras.
“Claro”, se
había dicho esa noche de Septiembre en el año 96 de su vida, “lo que da el
sentido, ¡son las palabras!”.
Fue allí cuándo
nació su oficio. Él se dedico desde ese momento, casi exclusivamente, a
recolectar palabras. Agarró un enorme cuaderno, donde escribió todas las
palabras que había aprendido en sus 96 años de vida. Desde palabras sencillas
como “rosa”, “miel”, hasta palabras más
complejas como “dicotomía” o “ecléctico”.
La gente comenzó a visitarlo cuándo precisaba de alguna palabra que no
conocía: él no cobraba honorarios, tan sólo pedía a cambio, que le regalasen
otra palabra que él no conociese. Así, su colección de palabras se fue haciendo
cada vez más y más grande. El recolector de palabras paso a ser un hombre muy
respetado para el pueblo donde vivía, y hasta algunos extranjeros comenzaron a
llamar al pueblo: “El pueblo del recolector de palabras”.
Ramón, un picapedrero de alma sensible, se había
enterado de la existencia del recolector de palabras por su hermana. “Dicen,
que él te puede dar las palabras más
lindas de todas, hermano” había dicho, entre suspiros, su hermana Lola. “De veras, ¿así como así?” había respondido Ramón, “no,
así como así, no. Pero a cambio, solo se le debe regalar una palabra que él no
conozca”.
A Ramón la idea de pedir una palabra le agradaba;
hacía años que no encontraba la manera de
hablarle a su vecina Juana, que atendía la verdulería de la esquina. Ella tenía ojitos de almendras, tan lindos, que
enamoraban.
Ramón había decidido que para enamorar a Juana, debía
decirle una palabra hermosa; y así ella quedaría encantada y podrían salir
juntos. Y para esto, debía hablar con el recolector de palabras. Pero primero,
Ramón fue a visitar a su vecino Manuel, que era científico y sabía de palabras
extrañas. Él de seguro, sabía qué palabra podía entregarle al anciano recolector.
“Cuándo te pida una palabra, vos decile metabolito,
es una palabra rara y que suena muy bien. Si ya la conoce (aunque lo dudo),
decile eucariota; esta palabra no puede fallar” le dijo su amigo,
después de escuchar la historia sobre el recolector de palabras. “Muchas
gracias” dijo Ramón.
Al día siguiente, fue en búsqueda del anciano
recolector. Su pueblo se encontraba a tres horas a caballo de distancia del
pueblo del recolector de palabras. Con mucho esfuerzo, y mucho calor, Ramón y
su caballo Marroncito, pudieron llegar.
“¿Sabe muchacha, dónde se encuentra el recolector de
palabras?” preguntó Ramón a una hermosa joven de trenzas morenas, “Todos aquí
sabemos, se encuentra a cuatro casas para la derecha y dos casas para dentro.
Lo verá sentado en el balcón de su casa, con un cuaderno, viejo pero re- viejo,
¿sabe?” respondió la muchacha. Ramón le
agradeció y fue en búsqueda del anciano.
Finalmente, llegó a destino. Allí estaba: viejo pero
re-viejo, con un cuaderno, pensativo, sabio.
“¡Buen día!” dijo Ramón con entusiasmo, “Buen día,
joven” respondió el anciano. El anciano recolector, le ofreció sentarse en una
silla junto a él y le preguntó si había ido hasta allí, en busca de una
palabra. “Eso es cierto, pero no preciso de cualquier palabra, necesito de una
palabra que sea realmente hermosa” replicó Ramón. El anciano pensó y pensó un
buen rato, hasta que finalmente dijo “Si palabra hermosa es lo que estás
buscando ya sé que ofrecerte, mozalbeta, mozalbeta es una gran palabra. La
inventaron hace unos años.” Contento y
confiado en los conocimientos del recolector de palabras, Ramón retornó a su
casa con una sonrisa. Esa noche, Marroncito comería tres terrones de azúcar
extra.
Al otro día, muy entusiasmado, fue hacía la verdulería
donde atendía su amada. “Buen día Ramón,
¿qué verdura desea?” le dijo Juana con la cordialidad casual con la que atendía
a sus clientes.
“Yo no deseo
verdura alguna, lo que deseo es decirte
algo: ¡Juana, sos mozalbeta!” respondió el picapedrero.
Juana, sin
entender nada, le dijo; “¿Mozalbeta?,
¿qué significa eso?, suena feo, ¡no me gusta!”
Ramón, también quedó desconcertado; estaba seguro de que
su palabra iba a funcionar. Volvió a su casa, triste y en silencio. “Ya se la verá con migo, este recolector de
palabras” pensó, y se fue a dormir.
Por la noche,
tuvo sueños tristes, llenos de lagrimitas de dolor.
Al día siguiente decidió buscar de nuevo al recolector
de palabras. Se subió a Marroncito y emprendió viaje. Cuando llegó a destino,
no pudo más que mirar al anciano recolector y decirle: “Recolector de palabras, sos un
mentiroso. Me ofreciste una palabra hermosa, pero según mi amada Juanita esa
palabra es fea. ¡De nada me sirvió tu palabra, maldita sea!”.
El recolector de palabras, lo miró con seriedad
contemplativa. Así se quedó un buen rato, pensativo, hasta que finalmente le respondió. “Es
interesante lo que me decís. Este tipo de situaciones sacan a luz, una realidad
que siempre olvidamos, la de la relatividad.
Vos me pediste una palabra hermosa, y yo sin duda te la di; pero las palabras
pueden ser hermosas y horrendas a la vez. Para mí, esa palabra era hermosa en el momento en el que te la
dije, quizás mañana ya no la vea más así.
Pero aunque sólo exista una persona en el mundo que la
vea hermosa, ya lo es, y aunque sólo exista una persona en el mundo que la vea
horrenda, también es de ese modo.
Un día como estos hace un par de años, un hombre de
sombrero tejano y nariz prominente, me dijo que no tenía ninguna palabra alguna
para darme, pero sí tenía un poema. El poema decía lo siguiente:
Yo me voy
desojando,
cuando
pasan los años,
yo me voy
desojando,
yo me voy
deshojando
mientras
veo
lo que
creo
y no lo
que es.
Este escrito, lo he leído todos los días desde que
tengo 100 años. Seis años pasaron; y ningún día lo siento igual.
A veces, lo siento hermoso, relajante; pero otras
veces me resulta tonto y sin sentido. Lo mismo pasa con las palabras sueltas.
También con los dibujos, que son
palabras escritas con otro tipo de letras.”
El silencio invadió a Ramón. No esperaba una respuesta
tan sincera por parte del recolector de palabras. Por un lado, la respuesta lo
había dejado satisfecho. Pero por otro lado, la respuesta no había resuelto su
necesidad de decirle a Juana algo hermoso para que quisiese salir con él. “Pero
entonces” replicó Ramón, “¿Cómo hago yo, para decirle a Juana una palabra
hermosa, que la haga entender lo mucho que me gusta”. “Vos sos el único que sabe,
qué es lo que tenés que decirle. Vos debes decirle lo que sentís: si le resulta
hermoso u horrendo, dependerá sólo de ella. Tu habrás hecho todo lo posible”.
Ramón agradeció al recolector de palabras y retornó a
su pueblo. Dejó a Marroncito en su casa y fue directo hacía la verdulería.
Decidido se dirigió hacía Juana y le dijo: “Juana, lo que te quise decir el
otro día es que me gustas mucho, y no encontraba palabras lo suficientemente
hermosas para decírtelo.”
Juana lo miró enternecida y le dijo: “Salgamos juntos
Ramón, pero despacito”.
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