lunes, 30 de julio de 2012

El recolector de palabras





Sí que era viejo, el recolector de palabras. Tenía  102 años y cuatro primaveras.
Años y décadas de su  vida, había estado  buscando algo que le diese sentido a su existir. Búsqueda tras búsqueda había realizado, cuándo finalmente pudo llegar a la hermosa conclusión, de que lo que le daba sentido a la vida eran las palabras.
 “Claro”, se había dicho esa noche de Septiembre en el año 96 de su vida, “lo que da el sentido, ¡son las palabras!”.
Fue allí  cuándo nació su oficio. Él se dedico desde ese momento, casi exclusivamente, a recolectar palabras. Agarró un enorme cuaderno, donde escribió todas las palabras que había aprendido en sus 96 años de vida. Desde palabras sencillas como “rosa”, “miel”, hasta palabras  más complejas como “dicotomía” o “ecléctico”.
La gente comenzó a visitarlo  cuándo precisaba de alguna palabra que no conocía: él no cobraba honorarios, tan sólo pedía a cambio, que le regalasen otra palabra que él no conociese. Así, su colección de palabras se fue haciendo cada vez más y más grande. El recolector de palabras paso a ser un hombre muy respetado para el pueblo donde vivía, y hasta algunos extranjeros comenzaron a llamar al pueblo: “El pueblo del recolector de palabras”.

Ramón, un picapedrero de alma sensible, se había enterado de la existencia del recolector de palabras por su hermana. “Dicen, que él te puede dar  las palabras más lindas de todas, hermano” había dicho, entre suspiros, su hermana  Lola. “De veras,  ¿así como así?” había respondido Ramón, “no, así como así, no. Pero a cambio, solo se le debe regalar una palabra que él no conozca”.
A Ramón la idea de pedir una palabra le agradaba; hacía años que no encontraba la manera de  hablarle a su vecina Juana, que atendía la verdulería  de la esquina. Ella tenía  ojitos de almendras, tan lindos, que enamoraban.  
Ramón había decidido que para enamorar a Juana, debía decirle una palabra hermosa; y así ella quedaría encantada y podrían salir juntos. Y para esto, debía hablar con el recolector de palabras. Pero primero, Ramón fue a visitar a su vecino Manuel, que era científico y sabía de palabras extrañas. Él de seguro, sabía qué palabra  podía entregarle al anciano recolector.
“Cuándo te pida una palabra, vos decile  metabolito, es una palabra rara y que suena muy bien. Si ya la conoce (aunque lo dudo), decile eucariota;  esta palabra no puede fallar” le dijo su amigo, después de escuchar la historia sobre el recolector de palabras. “Muchas gracias” dijo Ramón.
Al día siguiente, fue en búsqueda del anciano recolector. Su pueblo se encontraba a tres horas a caballo de distancia del pueblo del recolector de palabras. Con mucho esfuerzo, y mucho calor, Ramón y su caballo Marroncito,  pudieron llegar.
“¿Sabe muchacha, dónde se encuentra el recolector de palabras?” preguntó Ramón a una hermosa joven de trenzas morenas, “Todos aquí sabemos, se encuentra a cuatro casas para la derecha y dos casas para dentro. Lo verá sentado en el balcón de su casa, con un cuaderno, viejo pero re- viejo, ¿sabe?” respondió la muchacha.  Ramón le agradeció y fue en búsqueda del anciano.
Finalmente, llegó a destino. Allí estaba: viejo pero re-viejo, con un cuaderno, pensativo, sabio.
“¡Buen día!” dijo Ramón con entusiasmo, “Buen día, joven” respondió el anciano. El anciano recolector, le ofreció sentarse en una silla junto a él y le preguntó si había ido hasta allí, en busca de una palabra. “Eso es cierto, pero no preciso de cualquier palabra, necesito de una palabra que sea realmente hermosa” replicó Ramón. El anciano pensó y pensó un buen rato, hasta que finalmente dijo “Si palabra hermosa es lo que estás buscando ya sé que ofrecerte, mozalbeta, mozalbeta es una gran palabra. La inventaron hace unos años.”  Contento y confiado en los conocimientos del recolector de palabras, Ramón retornó a su casa con una sonrisa. Esa noche, Marroncito comería tres terrones de azúcar extra.

Al otro día, muy entusiasmado, fue hacía la verdulería donde atendía  su amada. “Buen día Ramón, ¿qué verdura desea?” le dijo Juana con la cordialidad casual con la que atendía a sus clientes.
 “Yo no deseo verdura alguna,  lo que deseo es decirte algo: ¡Juana, sos mozalbeta!” respondió el picapedrero.
 Juana, sin entender nada,  le dijo; “¿Mozalbeta?, ¿qué significa eso?, suena feo, ¡no me gusta!”
Ramón, también quedó desconcertado; estaba seguro de que su palabra iba a funcionar. Volvió a su casa, triste y en silencio.  “Ya se la verá con migo, este recolector de palabras” pensó, y se fue a dormir.
 Por la noche, tuvo sueños tristes, llenos de  lagrimitas de dolor.

Al día siguiente decidió buscar de nuevo al recolector de palabras. Se subió a Marroncito y emprendió viaje. Cuando llegó a destino, no pudo más que mirar al anciano recolector  y decirle: “Recolector de palabras, sos un mentiroso. Me ofreciste una palabra hermosa, pero según mi amada Juanita esa palabra es fea. ¡De nada me sirvió tu palabra, maldita sea!”.
El recolector de palabras, lo miró con seriedad contemplativa. Así se quedó un buen rato, pensativo,  hasta que finalmente le respondió. “Es interesante lo que me decís. Este tipo de situaciones sacan a luz, una realidad que siempre olvidamos, la de la  relatividad. Vos me pediste una palabra hermosa, y yo sin duda te la di; pero las palabras pueden ser hermosas y horrendas a la vez. Para mí, esa palabra  era hermosa en el momento en el que te la dije, quizás mañana ya no la vea más así.
Pero aunque sólo exista una persona en el mundo que la vea hermosa, ya lo es, y aunque sólo exista una persona en el mundo que la vea horrenda, también es de ese modo.
Un día como estos hace un par de años, un hombre de sombrero tejano y nariz prominente, me dijo que no tenía ninguna palabra alguna para darme, pero sí tenía un poema. El poema decía lo siguiente:
Yo me voy desojando,
cuando pasan los años,
yo me voy desojando,
yo me voy deshojando
mientras veo
lo que creo
y no lo que es.

Este escrito, lo he leído todos los días desde que tengo 100 años. Seis años pasaron; y ningún día lo siento igual.
A veces, lo siento hermoso, relajante; pero otras veces me resulta tonto y sin sentido. Lo mismo pasa con las palabras sueltas. También  con los dibujos, que son palabras escritas con otro tipo de letras.”

El silencio invadió a Ramón. No esperaba una respuesta tan sincera por parte del recolector de palabras. Por un lado, la respuesta lo había dejado satisfecho. Pero por otro lado, la respuesta no había resuelto su necesidad de decirle a Juana algo hermoso para que quisiese salir con él. “Pero entonces” replicó Ramón, “¿Cómo hago yo, para decirle a Juana una palabra hermosa, que la haga entender lo mucho que me gusta”. “Vos sos el único que sabe, qué es lo que tenés que decirle. Vos debes decirle lo que sentís: si le resulta hermoso u horrendo, dependerá sólo de ella. Tu habrás hecho todo lo posible”.
Ramón agradeció al recolector de palabras y retornó a su pueblo. Dejó a Marroncito en su casa y fue directo hacía la verdulería. Decidido se dirigió hacía Juana y le dijo: “Juana, lo que te quise decir el otro día es que me gustas mucho, y no encontraba palabras lo suficientemente hermosas para decírtelo.”
Juana lo miró enternecida y le dijo: “Salgamos juntos Ramón, pero despacito”.

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