domingo, 12 de junio de 2016

El triángulo de las Bombachas

Estimadas damiselas, permítanme presentarles un fenómeno metero-ilógico del que ninguna se salva: el triángulo de las bombachas. Cómo todo triángulo, tiene tres aristas y cada una de ellas está bautizada con un apelativo: puta, histérica o frígida. No importa que camino elijamos, nuestro destino irrevocable es el de hundirnos. Les explicaré como funciona este triángulo de la humillación con un ejemplo.
Supongamos que un hombre prototípico decide que quiere tener sexo con una chica, pero la piba no quiere saber nada, el hombre la llama frígida. Supongamos que la chica contempla la posibilidad de coger con el pibe y decide que no quiere hacerlo o que no quiere hacerlo en ese momento, el pibe la llama histérica. Supongamos ahora, que la piba quiere coger pero no con el pibe o no sólo con él, el pibe la llama puta.
Ya lo pueden comprobar ustedes mismas, no importa que camino tomemos siempre tendremos un remolino de injurias esperándonos. Qué difícil remarla siendo mujer, ¿no? Las aguas son turbulentas para las mujeres que queremos elegir qué hacer con nuestros cuerpos, es decir, las aguas son turbulentas para las mujeres. Pero podemos atravesar estas aguas si nos detenemos a analizarlas.
Debemos preguntarnos varias cosas sobre el triángulo de las bombachas para poder atravesarlo con éxito; en primer lugar: ¿el triángulo se encuentra dentro de nuestras mentes, en la mente de los otros o en ambas? ¿hemos contribuido a crear triángulos de bombachas en nuestro entorno? ¿cuáles son las palabras que nos salvaran del naufragio?
Debemos saberlo, muchachas, todas corremos el riesgo de que el fantasma de un macho alfa o de una tía católica nos posea. Las lecturas feministas y queer pueden ayudar, pero nunca podremos estar seguras de que las voces de estos seres no nos posean en un arranque de locura. Después de todo, estamos rodeadas de estos espectros. Así que… ¡cuidado! Peor que ser una mujer violada, es ser una mujer que cree merecer su violación. Peor que la humillación de un insulto, es la creencia de que ese insulto es acertado. Hay que tener cuidado con estos espectros, succionan las injurias del afuera y construyen un triángulo de las bombachas dentro de nuestra propia cabeza.
Que sos puta, que sos frígida, que sos histérica… el triángulo de las bombachas te dejará en una encrucijada donde no existe camino que no lleve a la culpa. La culpa es esa fuerza magnética, que produce los remolinos que te hunden y no te dejan ser; también es el resultado de un estereotipo femenino hipócrita y contradictorio. Que seas sexy, pero no tanto, que me encanta mirarte el culo pero que ni se te ocurra mostrarlo a propósito, que ni muy muy ni tan tan…
Se trata de un estereotipo donde la mujer es siempre aquella que espera a  que se la metan. No vaya a ser que lo haga con demasiadas ansias, así no es divertido, dice el hombre prototípico. La gracia está en “conquistarla”, en que se resista, en que se muestre pura y buena. La gracia está en convencerla, en corromperla, en romperla, pero no demasiado pronto: ¿Qué gracia tiene alcanzar una meta si lo hago demasiado rápido?
Hombres prototípicos: no somos metas, somos mujeres, somos personas. Tenemos diferentes ritmos amatorios, estamos las que saltamos  a la cama al instante de conocerlos movidas por el fervor, estamos las que optamos por compartir un café antes de coger y estamos las que esperamos meses antes de curtir. Pero estas son simplemente preferencias. No nos definen más que el hecho de que nos gusten los rubios, los morochos o los pelirrojos. También estamos las que no nos gustas los hombres y no, no es que aún no conocimos al indicado.

Damiselas queridas, las reglas que nos fueron dadas sólo sirven para nuestro escarnio. Nos dicen que seamos puras, pero si lo somos nos tratan de frígidas. Nos dicen que no seamos histéricas pero tampoco demasiado fáciles. Nos piden que nos veamos sexys pero si lo hacemos nos tratan de putas. Llegó la hora de crear un nuevo reglamento, para no  quedar atrapadas en este triángulo de las bombachas sucias. Es cierto, tenemos el viento en contra, pero si miramos con atención, descubriremos que no somos las únicas que remamos contra la corriente. 

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